PÍLDORAS BURSÁTILES (4)

Píldoras bursátiles-4

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EL VIAJERO DEL TIEMPO (III): DE CÓMO ME CONVERTÍ EN APRENDIZ DE MANCEBO DONDE SE INCLUYE LA LISTA DE ÉXITOS DE 1967 PARA DELEITE DE LOS LECTORES

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La balsa de la Medusa. T. Géricault (1791-1824). Museo del Louvre. Fuente: Wikimedia commons

El que no sepa rezar,

que vaya por esos mares,

y verá qué pronto aprende

sin enseñárselo nadie.

Anónimo

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Vuelto a la realidad, proseguí mi camino hacia la estación ojeando mi periódico. Dos anuncios donde se solicitaban aprendices, para cafetería en uno y para peluquería en otro, hicieron que mi corazón empezara a latir con tal fuerza que temí que se me saliera. En estas estaba cuando, al pasar por delante de una farmacia, un cartel atrajo mi atención, «SE NECESITA APRENDIZ», rezaba, y yo, entre aturdido y asustado, entré a informarme.

No le pareció mal mi presencia al mancebo por lo que decidió llamar al boticario.

Durante la corta espera, mis ojos se fijaron en una especie de pergamino que, a pesar de estar deteriorado e incompleto, estaba situado en un lugar preferente presidiendo la farmacia. El mancebo aún tuvo tiempo de explicarme que era el contrato de aprendiz de mancebo de un antepasado del boticario. Eran tiempos —apostilló— en que algunos pilluelos se servían de estas artimañas para evitar servir al rey y, conseguido su propósito, desistían del empleo. Cuando apareció el farmacéutico, me encontré un hombre alto, enjuto, barbudo y con unas gafas enormes. Su porte justificaba mi creencia de que los jefes eran más altos que los empleados; los obispos más que los curas, y los oficiales, más que los soldados.

Contrato de aprendiz

Su presencia me intimidaba pero supe sobreponerme al pensar que, a fin de cuentas, aquel hombre no tenía más méritos que yo sino que era heredero de la valía de un antepasado que había vivido trescientos años antes. A él pertenecía el espíritu que impregnaba el ambiente.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Y yo, utilizando mi mano derecha como visera para defenderme del sol que entraba por la ventana, respondí:

—La gente me llama Lico.

—¿Sabes leer?

—Sí.

—¿Y las cuatro reglas?

—También.

—¿Conoces Madrid?

—Un poco.

—Bueno —dijo el boticario mirando al mancebo—, al menos parece poco hablador. ¿Qué piensas?

—No me parece mal, señor —respondió el mancebo.

—Pues explícale las condiciones y que empiece hoy mismo.

Y ya a solas con el mancebo, éste añadió:

—Tu trabajo consistirá en hacer cada día la limpieza de la farmacia, de la consulta de un practicante que hay dos manzanas más adelante y de la vivienda del señor boticario. Además —añadió—, deberás hacer los recados que se te encarguen. Tu jornada laboral se extenderá desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche y dispondrás de dos horas para comer.

—Yo creía que aprendería el oficio de mancebo —repuse.

—Todo a su debido tiempo. La obra irá pidiendo el material —fue su respuesta. Sin embargo —continuó—, ocasionalmente, deberás acompañar a un hierbero a buscar plantas medicinales al campo, así podrás comenzar a aprender el oficio.

Mientras el mancebo hablaba, yo me veía acompañando a mi abuelo recogiendo semillas de alholva, acedera y achicoria para corregir mi extrema delgadez cuando era niño; amapolas para el insomnio; arraclán para curar el estreñimiento de las embarazadas, y curalotodo, aquella planta de hojas gruesas que utilizaban para sanar los granos. Era una visión que se mantenía con nitidez en mi memoria a pesar del tiempo transcurrido.

Y así fue como encontré trabajo tras haber sido despedido de la colchonería.

Después, dándome una escoba, el mancebo me ordenó que comenzase a barrer la rebotica.

Tenía bien presente el consejo que nos dio Nicolás a mis compañeros y a mi cuando nos encontró el primer trabajo:

—Si veis dinero tirado en el suelo, no lo cojáis porque podría ser una trampa para probar vuestra honradez. Decídselo al jefe cuanto antes.

Terminada la limpieza de la rebotica, comencé a barrer la farmacia propiamente dicha después de que el mancebo me hubiese advertido de que me retirara cada vez que entrase un comprador.

No tardé en darme cuenta de que el mancebo se ganaba fácilmente la simpatía de los clientes por su trato afable aprendido a base de leer no en libros, sino en personas, y por su forma llana de hablar que siempre remataba, a manera de despedida, con el mismo chiste:

—¿Sabe usted en qué se parecen un elefante, un perro y la familia?

—No —respondían inexorablemente los clientes.

—Pues se parecen en que tanto el elefante como el perro tienen rabo.

—¿Y la familia? —preguntaban curiosos los compradores.

—La mía bien, gracias —respondía el dependiente— ¿y la suya?

Y un estallido de carcajadas señalaba la despedida del cliente.

A todo esto aún no sabía cuál sería mi salario pero, armándome de valor, me atreví a preguntárselo a mi jefe inmediato que no era otro que el mancebo.

—Se te pagarán veinte pesetas por cada día de trabajo. De ellas, recibirás diez al terminar la jornada y el resto lo recibirás el sábado.

No me pareció mal la soldada teniendo en cuenta que en mi pueblo los hombres cobraban cinco duros los días que tenían la suerte de que un manijero les pisase el pie cuando, reunidos en la plaza, cada mañana esperaban ser contratados.

El reloj marcó las dos y el mancebo me despidió hasta las cuatro advirtiéndome que debía ser puntual.

Después de pocas horas en mi nuevo trabajo, había llegado a la conclusión de que debía ser temeroso de mis dos jefes pero con una pequeña diferencia: del mancebo, en viéndolo, y del boticario, en oyéndolo.

Al salir de la farmacia, lo primero que hice fue buscar una iglesia para dar gracias a Dios por el trabajo que había encontrado. Tomé una Biblia que había en un confesonario, la abrí al azar y leí:

Parábola de los talentos

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.

A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.

Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.

Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.

Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.

Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.

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Parábola de los talentos. Grabado de 1712 de autor desconocido. Fuente: Wikipedia

Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.

Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.

Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.

Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.

Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.

Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Mateo 25:14-30 (Versión Reina-Valera 1960)

Yo siempre me había sentido identificado con el tercer siervo porque la prudencia es mi guía. Para mí, el señor no era sino un tirano cruel. Sin embargo, ahora, aspirante a especulador, me sentía afortunado al descartar el peligro de arder en los infiernos al constatar que hasta los justos pueden ser acaparadores.

A fin de cuentas, pensé, es el egoísmo de cada individuo lo que hace avanzar el mundo. Es el interés de cada hombre que, buscando su propio bienestar, se preocupa de proveer a las necesidades del prójimo y así, la avaricia, el orgullo, la soberbia, la envidia o la vanidad son los motores del progreso humano. De esta forma, el hombre mediocre se convierte en impulsor de la historia. Digo todo esto sin ánimo de herir la susceptibilidad de mis lectores entre los que podrían encontrarse algunos que no compartan mi opinión. Pero diré aún más: estaría incluso dispuesto a retractarme de todo si alguien me señala mi yerro, pues, ignorante como soy, tengo las mismas posibilidades de encontrarme o en la verdad o en el error. Y todo ello sin esperar reconocimiento alguno pues de mi natural soy mas propenso al reconocimiento de las virtudes ajenas que a su descrédito.

I'm a believer
Fuente: Flickr

Al salir de la iglesia, aún tuve tiempo de ir a la estación y tomar un bocadillo. En la gramola del bar sonaban los últimos éxitos. Me resultó muy agradable volver a escuchar Puppet on a string, I’m a believer o Something stupid. Hubiese sido perfecto si algún cliente hubiese elegido el Black is black o Lola pero no tuve esa suerte y mi economía no me permitía gastar dos pesetas para oírlas.

En la estación pude comprobar que, aunque pocos, había algunos trenes que llegaban después de las diez de la noche. Eso fue una gran noticia para mí que, llegado el caso, explicaré a mis lectores pero que ahora prefiero omitir por prudencia, pues no juzgo necesario exponer más de lo imprescindible para la justa comprensión de la historia.

Gramola Pinterest
Gramola. Fuente: Pinterest

Ya de vuelta a la farmacia, el mancebo me asignó las tareas que debía realizar. Su trato hacia mi persona me recordaba al del cabo hacia el soldado:

El cabo, como jefe más inmediato del soldado, se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las faltas de subordinación; le infundirá amor al servicio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que pueda y será comedido en su actitud y palabras aun cuando sancione o reprenda.

Lo había oído tantas veces de labios de mi tío Pedro, que terminé por aprenderlo. Contaba mi tío que, estando sirviendo a la patria, tanto él como un compañero de regimiento se carteaban con la misma chica y que ésta, finalmente, se había inclinado por el compañero por la única razón, decía mi tío, de que era cabo y él, en venganza, primero, se aprendió el artículo 4º para demostrarle que él también habría podido ser cabo y después se buscó otra novia. Esa era razón suficiente para convertirlo en mi héroe mientras vivió y, si la suerte me acompaña, espero algún día conseguir los galones que él no pudo. Ese será mi homenaje.

Salvador Luque

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RECURSOS:

— Escuchar Puppet on a string, de Sandie Shaw:

https://www.youtube.com/watch?v=VEoCAUZSfwA

— Escuchar I’m a believer, de The Monkees:

https://www.youtube.com/watch?v=wB9YIsKIEbA

— Escuchar Something stupid, de Frank y Nancy Sinatra:

https://www.youtube.com/watch?v=0f48fpoSEPU

— Escuchar Black is black, de Los Bravos:

https://www.youtube.com/watch?v=060KBHsejNg

— Escuchar Lola, de Los Brincos:

https://www.youtube.com/watch?v=2_tIdYfTtkA

EL VIAJERO DEL TIEMPO (II): SIN PAZ NO ES POSIBLE EL COMERCIO O AUNQUE LA MONA SE VISTA DE SEDA

LOS MONOS BAILARINES

Un príncipe tenía algunos monos entrenados para bailar.

Siendo naturalmente grandes imitadores de las acciones de los hombres, demostraron ser unos alumnos apropiados, y cuando los vestían con su ropa y máscaras, bailaban tan bien como cualquiera de los cortesanos.

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Esopo. Crónica de Nuremberg, 1493. Fuente: Wikipedia

El espectáculo era repetido a menudo con grandes aplausos, hasta que en una ocasión a un cortesano se le ocurrió una travesura, y tomó de su bolsillo un puñado de nueces y las lanzó sobre ellos.

Los monos a la vista de las nueces olvidaron su baile y se pusieron a actuar como en efecto eran, monos en vez de actores.

Quitándose sus máscaras y rompiendo sus trajes, lucharon el uno contra el otro por las nueces.

El espectáculo del baile llegó así a un final entre la risa y la burla del auditorio.

No se puede cambiar la naturaleza de un ser, aun vistiéndolo con ropa fina.

Esopo

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Resulta extraño el hecho de que podamos pasar años sin conocernos realmente a nosotros mismos. Es sorprendente ver cómo las circunstancias pueden cambiar un espíritu reservado en otro expresivo o a un individuo dócil en atrevido. En algún rincón del alma se deben encontrar las razones de la alegría, de la euforia y de su hija la osadía.

Nosce te ipsum Jacob Jordaens
Nosce te ipsum. Grabado de Jacob Jordaens (1593-1678). Fuente: Wikimedia commons

Llevaba razón don Obdulio, el maestro del que he olvidado el rostro pero no su enseñanza, nosce te ipsum, repetía, y hoy vino a mi mente. En los pocos días que llevaba en Madrid había descubierto mi carácter cambiante, inestable, inseguro, tan diferente del que adorna a los triunfadores; tan desprovisto de las virtudes que, según el extraño, deben engalanar a los inversores bursátiles. Y, sin embargo, decidí seguir adelante. De pronto, todas mis preocupaciones se trocaron en entusiasmo.

Era san Marcos. De haber estado en Chozas del Rey, habría disfrutado de un magnífico día de campo allá en la laguna de Lucena saboreando un bollo de pan en forma de gallina con un huevo duro en su interior como sólo las abuelas saben preparar. Pero estaba a mil kilómetros y debía tomar una decisión.

En estas circunstancias, la primera idea que me asaltó fue la de dirigirme a la estación de Atocha y ofrecerme como mozo de cuerda como ya había hecho a mi llegada a la capital. Conocía los problemas a los que me enfrentaría. Los demás mozos no me aceptarían, me acosarían y me importunarían y no tendría a Luterio para defenderme. Pero la necesidad me acuciaba. La patrona me había conminado a pagarle o dejar la pensión en dos días y, haciendo de la necesidad virtud, aceleré el paso dispuesto a hacer frente a cualquiera que se interpusiese en mi camino. El Real Madrid había ganado la Liga y había finalizado la temporada venciendo 5-0 al CD Sabadell, según leí en los restos de un periódico que alguien había abandonado cerca de la plaza de Neptuno y yo pensé en el señor que los domingos por la tarde pregonaba La Goládea en Medina Elvira provocando las carcajadas de los paseantes. Tomé los restos del diario y lo abrí por la sección de anuncios por palabras.

Real Madrid
Real Madrid C.F. campeón de liga 1966/67. Fuente Flickr

Estaba reciente en mí la conversación que había oído entre dos huéspedes de la pensión:

—No hay mejor forma de conocer a la gente de una ciudad que leer la sección de pequeños anuncios de un periódico —dijo uno de los contertulios.

—Efectivamente —respondió el otro—, creo que lo más interesante de un diario viene al final.

—La ciudad es un ser vivo —retomó su discurso el primer huésped— y como tal, está dotada de cuerpo y de alma. El cuerpo lo podemos conocer paseando por sus calles, admirando sus edificios, sufriendo su bullicio; sin embargo, el alma, como cualquier alma, es invisible, como lo son las de sus moradores. Es única aunque en ella se integran las de sus habitantes pero, aunque intangible, podemos percibirla en los olores de la ciudad, en las relaciones entre sus ciudadanos y, sobre todo, en los pequeños anuncios de la prensa. Allí, en esa maraña de frases donde se violenta la ortografía, la concordancia y cualquiera de los accidentes gramaticales en pos de la economía, se entremezclan ambiciones, ilusiones, esperanzas y pillerías. Allí se esconden desesperados, ventajistas, timadores y usureros. Allí busca el avaro al necesitado, el lobo al cordero y el pecado al pecador. Allí el confidente envía mensajes y recibe consignas. Allí el amado se comunica con su amada, el devoto con su patrón y el egoísta consigo mismo. Agradecidos, atormentados, mentirosos y truhanes, todos encuentran su hueco. En definitiva, aunque silenciosos, estos mensajes gritan a los cuatro vientos el devenir ciudadano.

¡Cuánto me hubiese gustado poder adquirir aquella biblioteca que se ofrecía por 246 pesetas! ¡Cuánto me hubiese gustado regalar a mi madre uno de aquellos relojes que se anunciaban en la última página! Pero todo ello estaba fuera de mi alcance. Me llamó la atención aquel anuncio que rezaba: «¡¡EMIGRANTES!! Regreso a Suiza. Vacío vehículo Mercedes, interesan viajeros. Llamad 226 XX XX».

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Homenaje al emigrante. Tocón (Granada). Fuente: Wikimedia commons

 

A la migración campo/ciudad iniciada años antes sucedió la emigración a Europa. Los cierres empresariales en España y el déficit de mano de obra en los países de destino provocado por la carnicería de la Segunda guerra mundial empujaron a los más desfavorecidos fuera de nuestras fronteras.

El retorno de estos desheredados trajo consigo el ansia de libertad como habían hecho antes en África los soldados obligados a luchar en suelo europeo.

Eran numerosas las historias que corrían de boca en boca acerca de esos desalmados que engañaban a numerosos emigrantes o a sus familias haciéndoles creer que eran compañeros de sus parientes y que volvían tras unas vacaciones ofreciéndose a llevarles cualquier paquete que quisieren enviarles.

De todas formas, viajar a Suiza no entraba por ahora en mis planes, pero era una posibilidad que, de pronto, se acomodó en mi mente.

No tuve tiempo de pensar más en dicha eventualidad pues mis ojos cayeron sobre lo que parecía ser un grupo de estudiantes que se arremolinaba frente al palacio de la Bolsa y yo, siguiendo mi querencia natural cual toro bravo enfurecido, me acerqué a ellos.

—Aunque no es el motivo de nuestra visita —dijo el profesor—, he de advertirles que estamos ante una pieza más del museo neoclásico que conforma la arquitectura madrileña.

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Palacio de la Bolsa de Madrid. Fuente: Wikimedia commons

En ese momento constaté cómo algunos estudiantes esbozaban en sus cuadernos un dibujo rápido del palacio.

—Pero, centrándonos en el objeto de nuestro estudio —continuó el profesor—, han de saber ustedes que éste es el templo donde confluyen los principales agentes económicos que impulsan la riqueza nacional. Aquí entran en contacto empresarios y ahorradores; los primeros buscan financiación para sus empresas, los segundos rentabilidad para su liquidez. Y ello bajo la ley de la oferta y la demanda.

Por lo que pude observar, era yo el que más atención prestaba al profesor; no obstante mi interés, procuré mantenerme a cierta distancia para no llamar la atención.

—Si los compradores superan a los vendedores —añadió—, los precios subirán, mientras que, en el caso contrario, los precios bajarán.

En este momento, se oyó una carcajada por parte de algunos estudiantes que obligó al profesor a llamarles la atención aunque estoy seguro de que no sabía a qué se debía la actitud de sus alumnos pues, de saberlo, no tengo duda de que él mismo se hubiese reído.

Y yo, que, a falta de inteligencia, siempre he hecho gala de honestidad, no me resisto a relatar a mis lectores la razón de aquel incidente que no fue otra sino la ocurrencia de un estudiante que, en voz baja, apostilló:

—La Bolsa sube cuando hay más tontos que listos y baja cuando hay más listos que tontos.

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Caduceo Bolsa de Madrid. Molinelli y Taverner. Fuente: Bolsa de Madrid

Pasado el vendaval provocado por la reprimenda del docente, el estudiante en cuestión, con aire de vencedor, miró ufano a sus condiscípulos buscando su aprobación, pues este tipo de adulación es el alimento del pedante.

Sin embargo, he de reconocer que también yo le aplaudí con la mirada, ya que, no pareciéndome su sentencia ni estúpida ni perversa, no la juzgué perniciosa para la formación de un estudiante. Soy consciente de que habrá quien considere mi actitud inapropiada, puesto que podría implicar la aceptación de la vulgaridad y, como única defensa, puedo aducir que desde que el mundo es mundo la vulgaridad impera en él. ¿No es vulgar la historia de Lot?, ¿no fue vulgar la vida de la de los tristes destinos? y ¿qué decir de Volterra, il Braghettone, acaso no actuó de forma vulgar al cubrir los desnudos de Miguel Ángel? Entonces, ¿por qué no he de serlo yo que no recibí más educación que la que se dignaron darme en un frío internado de Medina Elvira?

Pero dejemos de lado la reivindicación de la vulgaridad y volvamos a nuestra historia.

—Antes de entrar al palacio —el profesor retomó su explicación—, quisiera resaltar la importancia de una información rápida y objetiva de todo cuanto afecte al mercado para que cada participante pueda tomar la decisión que mejor responda a sus intereses pues, no en balde, la transparencia debe reinar en cualquier operación.

Y dicho esto, el grupo, tras su profesor, se acercó a la puerta de entrada. Yo, siguiendo un comportamiento del todo extraño en mí, intenté acceder al edificio confundido entre los estudiantes, pero un bedel llamó mi atención con un golpecito en el hombro:

—Perdone, señor —me dijo—, sólo puede entrar este grupo de estudiantes.

Y yo, bajando la cabeza, dije para mis adentros: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Salvador Luque

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RECURSOS

— Leer las Fábulas de Esopo on line:

https://books.google.es/books?id=RVcvDgAAQBAJ&pg=PA304&lpg=PA304&dq=los+monos+bailarines&source=bl&ots=HfMpAVRQFs&sig=ujGW1MFZkYKN0xySllT0TEet_Zk&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjw3ebz-sHUAhWSfFAKHfw1DoI4ChDoAQg3MAI#v=onepage&q=los%20monos%20bailarines&f=false

http://edyd.com/Fabulas/Esopo/E1AguilaCuervoPastor.htm

— Escuchar la versión sonora de la fábula Los monos bailarines, de Esopo on line:

http://audiovisuales.uned.ac.cr/mediateca/audio/1955/f%C3%A1bula-%E2%80%9Clos-monos-bailarines%E2%80%9D

EL VIAJERO DEL TIEMPO (I): ¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS? O EL EXTRAÑO QUE DIO CONSEJOS AL AUTOR PARA INVERTIR EN BOLSA

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

Sello Lope de Vega
Sello conmemorativo del tercer centenario de la muerte de Lope de Vega. (Fuente: Wikipedia)

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Lope de Vega

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Al día siguiente me levanté con la angustia de no saber qué hacer ni a dónde ir. Aunque límpido para el mundo, el cielo, para mí, estaba gris, y mi alma, desesperada, gritaba cual fiera agónica ante la indiferencia de los pasantes.

Tal vez debería excusarme ante mis lectores por haber comenzado mi relato de la forma en que lo he hecho así como de haber escrito las líneas que siguen, e incluso comprendería su actitud si decidieran saltarse quince o veinte renglones por considerarlos superfluos. Sin embargo, tengo un pretexto para justificar el haberlos incluido en mi narración, y ese pretexto no es otro que mi natural franqueza y mi deseo de veracidad seguro como estoy de que, finalmente, serán del agrado de quien decida seguir el orden natural de esta crónica.

Falto de alguien que guiase mis pasos, perdido y desorientado, erré por la gran ciudad e, instintivamente, entré en una iglesia. No había nadie. Un suave aroma a incienso que invitaba al recogimiento embriagaba el ambiente.

Milo Winter
Ilustración de Milo Winter (1888-1956) para Las mil y una noches. (Fuente: Wikipedia commons)

Aturdido por el penetrante olor, caí en una especie de éxtasis, mi mente retrocedió más de mil años y, como en un sueño, se vio invadida por Scheherezade y el malvado Shahriar e intentaba recrear las notas de Rimski-Kórsakov que tarareaba mi abuela mientras cosía al calor de la lumbre con un enorme gato moteado posado en su hombro izquierdo, y yo, absorto, oía sus relatos mil veces repetidos. Uno de mis preferidos era aquel en que me contaba cómo, allá en São Paulo, supo de la muerte de su padre por mediación de una vecina espiritista que vino a anunciárselo un día de buena mañana. Un mes después recibiría la carta con la triste nueva. Un mes después, cuando ya el padre João había accedido a dedicarle una misa tras el pago de tres reais.

Ensimismado como estaba, el chirrido de la puerta me hizo estremecer volviendo a la realidad, sin embargo, al girar la cabeza observé cómo se cerraba pero nadie entró salvo una bocanada de aire fresco. La inquietud me asaltó. Sabemos que existe el viento, nadie lo ha visto pero lo sentimos, ahora bien, ¿existen los espíritus?, nadie los ha visto pero en aquel momento yo me sentía observado. Presa del desasosiego, sentado en el último banco dirigí mi petición al Todopoderoso: Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine iniquo et doloso erue me.

Ciertamente, el ambiente eclesial está saturado de espíritus que nos contemplan y son capaces de influir en nuestro ánimo.

Vinieron a mi mente los tiempos en que fui monaguillo cuando, antes del oficio, entrábamos en la sacristía y, bajo la vigilancia del sacristán, nos colocábamos las sotanas rojas y los roquetes blancos; instantes después entraba don Antonio y el silencio se imponía mientras recitaba sus oraciones al revestirse: primero el amito, «Impone, Domine, capiti meo galeam salutis, ad expugnados diabolicos incursus»; le seguía el alba; el cíngulo, símbolo de mortificación; el manípulo y la estola cuyos nombres confundía yo frecuentemente, y, finalmente, la casulla, «Domine, qui dixisti: Iugum meum suave est et onus meum leve: fac, ut istud portare sic valeam, quod consequar tuam gratiam. Amen». Esta oración coincidía con el tercer toque y la celebración comenzaba.

El cambista y su mujer
El cambista y su mujer (1539). Marinus van Reymerswaele (1490-1567). Museo del Prado. (Fuente: Wikipedia)

Ante mi sorpresa, advertí que, a pesar de creerme el único mortal en el templo, un hombre se había sentado junto a mí. En otras circunstancias, esto me habría hecho recelar, sin embargo, no teniendo nada que temer y deseoso de poder hablar con alguien que pudiese ayudarme ante el negro futuro que se me presentaba, opté por quedarme con la esperanza de que me dirigiera la palabra. No sé cuánto tiempo pasó pero al cabo me preguntó:

—¿Eres creyente, chico?

—Sí —respondí.

—Yo no lo soy —repuso.

—¿Y qué hace usted aquí? —le pregunté.

—Me gusta observar. Es curioso ver cómo la gente se aferra a creencias irracionales. No acabo de comprender cómo alguien que vivió hace dos mil años puede ejercer una influencia tan decisiva sobre millones de personas.

—Bueno, era el hijo de Dios Todopoderoso —le dije seguro de que mi respuesta le satisfaría.

—Sí, eso ya lo he oído infinitas veces pero yo creo que en realidad era un alborotador.

—También era un alborotador que luchaba contra la injusticia —fue mi respuesta.

Mi ánimo se vio invadido por una gran fortaleza, no por creer que había convencido a mi interlocutor, sino por constatar que yo también era capaz de rebatir sus argumentos. Tu es, Deus, fortitudo mea.

Y señalando a un cuadro donde se representaba la Última Cena, dijo:

—¿Alguna vez te has preguntado si, en realidad, estarían preparando algún complot?, ¿sería posible que Judas fuese un infiltrado?

Ante el temor de que este hombre hiciese estallar los pilares de mi fe, lo único a que podía aferrarme en el angustioso trance en que me encontraba, opté por levantarme e irme, sin embargo, asiéndome por el brazo, el extraño se disculpó y me hizo volver a sentar.

—Aunque tú no me conoces, yo sí te conozco a ti. Sé el mal momento que estás pasando y me gustaría ayudarte.

—Pues yo estoy seguro de no haberle visto nunca —repuse.

—Eso no tiene gran importancia.

El cambista QM
El cambista y su mujer (1514). Quentin Massys (1466-1530). Museo del Louvre. (Fuente: Wikipedia)

Desesperado como estaba y aun siendo consciente de la imprudencia que estaba cometiendo al hablar con un desconocido, decidí permanecer, pues mi necesidad superaba a mis miedos.

—Llevo días observándote y he llegado a la conclusión de que sientes una gran fascinación por el mundo bursátil.

—Si —contesté—, tengo entendido que es un negocio tan enrevesado que podría ser que ni los propios corredores lo comprendan plenamente.

—Efectivamente —añadió—, para poder defenderse en ese mundo y no ser devorado en la primera ocasión se necesita mucho trabajo, mucho estudio, mucha paciencia y mucha disciplina. Son numerosos los que, sin estar adornados por estas cualidades, han osado adentrarse en esa selva y se han topado con la cruda realidad.

Inteligente y observador como parecía ser el extraño, no tardó en darse cuenta del temor que sus palabras producían en mí y, para atizar aún más el fuego, añadió.

—Piensa que para cada una de las miles de operaciones que cada día se llevan a cabo en el palacio de la Bolsa se necesitan un vendedor y un comprador.

—Es evidente —dije con la única intención de advertirle de que seguía su discurso.

—Convendrás conmigo en que las dos partes intervinientes en cada operación esperan obtener un beneficio de la misma.

—Naturalmente.

—Bien, pues en cada una de esas operaciones hay siempre uno que se equivoca. Ya sea el vendedor porque, de mantener sus acciones, hubiese podido obtener un precio más elevado en el futuro, ya sea el comprador, por la razón contraria.

—Nunca se me había ocurrido pensar en ello —respondí con cara de asombro.

—No debes extrañarte pues son demasiados los que nunca han pensado en ello, sin embargo, el simple hecho de saber que la mitad de los miles de intervinientes en el mercado de valores toma decisiones erróneas hará que te pongas en guardia y antepongas la prudencia a la avaricia.

Ante el silencio causado por el estupor que en mí habían generado sus palabras, intentó tranquilizarme:

—Sin embargo, cual funambulista, podrás dotarte de una red.

Los cambistas
Los cambistas (1548). Escuela de Marinus van Reymerswaele. Museo de Bellas Artes de Bilbao. (Fuente: Wikipedia commons)

Como mi silencio se prolongaba, añadió una serie de consejos que yo, con la licencia de quienes me leen, expongo a continuación sin omitir nada salvo el tono grave de su voz que dotaba a sus palabras de una dignidad acorde con el escenario en el que nos encontrábamos, y lo hago con la seguridad de que les serán más útiles a ellos de lo que me han sido a mí:

— Escucha siempre —dijo— el consejo de los prudentes y no desdeñes sus enseñanzas.

— Huye de los embaucadores que, mediante halagos y hermosas palabras, te prometen ganancias fáciles. Que tus pies no pisen los caminos que ellos huellan y no olvides que el engaño se alimenta de la ingenuidad. ¡Cuántos bobos creen sus palabras! ¡Cuántos incautos caen en sus redes!

— Prepárate y confía en tu trabajo, abre tu mente a la perseverancia y a la justicia, sé prudente y disciplinado cuando te hayas trazado un plan porque estas virtudes te protegerán. Por el contrario, su ausencia te conducirá al fracaso.

— Nunca inviertas todos tus ahorros, porque eso es de necios. Guárdate siempre una cantidad tal que, si sufres una adversidad, ningún enemigo pueda observar que tu vida ha cambiado.

— Aprende de tus errores porque la inteligencia no es más que el recuerdo de lo que hemos vivido. No olvides que es la memoria la que nos diferencia de los animales. Para un animal, cada día es el primero porque no recuerda lo que aprendió ayer, pero tú, dotado como estás de memoria, debes aprender de tus errores para no repetirlos.

— No olvides que el triunfador no es más inteligente que los demás, sino más exigente consigo mismo.

— Ten en cuenta que el mercado, en ocasiones, experimenta violentos vaivenes que pueden afectar gravemente a tu patrimonio.

Acto seguido, sin darme tiempo a asimilar sus palabras, me preguntó:

—¿De cuánto dinero dispones?

—De cuarenta pesetas —respondí con rapidez.

—Siento desilusionarte —me dijo—, pero poco podrás hacer con esa suma. Intenta conseguir algo más y nos vemos en este lugar dentro de quince días.

Y, sin más, se marchó. El silencio volvió a apoderarse de la iglesia. Al fondo, cerca del altar mayor, titilaban las mariposas que algún devoto había encendido. Y yo, fascinado por mi nueva conocencia e intentando superar la angustia que me invadía por lo incierto de mi porvenir, salí a la calle dispuesto a comerme el mundo.

Salvador Luque

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RECURSOS

— Escuchar online Scheherezade, de Rimski-Kórsakov, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Valery Gergiev:

https://www.youtube.com/watch?v=SQNymNaTr-Y

— Escuchar online el soneto ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?, de Lope de Vega, recitado por Alberto Closas:

https://www.youtube.com/watch?v=iRMm7dkec0Q

BIBLIOTECA BÁSICA DEL TRADER (II): LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER (MARK TWAIN)

Título: Las aventuras de Tom Sawyer

Autor: Mark Twain

Género: Novela

tom-sawyer-portadaEditorial: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Edición digital basada en la 12ª edición de Madrid, Espasa-Calpe, 1997 (Colección Austral; 212)

Lugar de edición: Alicante

Año de edición: 2005

Traductor: Torroba, José

Año de la primera edición (inglés): 1876

Leer la obra en línea en inglés: http://www.planetpublish.com/wp-content/uploads/2011/11/The_Adventures_of_Tom_Sawyer_NT.pdf

Leer la obra en línea en español: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-aventuras-de-tom-sawyer–0/html/

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Ilusionado como estaba por mi nuevo trabajo, cada mañana me levantaba ansioso por llegar ya que, como mil veces me había repetido mi madre, si no eres el mejor, al menos debes ser el primero y así, diligente, partía cada mañana sin esperar a mis dos amigos que, poco a poco, comenzaban a desentenderse de mi. Aunque no me agradaba esta situación, la aceptaba.

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Pese a no ser el camino más corto para ir a la colchonería, solía pasar por la plaza de la Lealtad con la única intención de ver a aquellos hombres encorbatados y elegantes que, maletín en mano, se adentraban en aquel majestuoso palacio al que yo jamás tendría acceso. En mi fuero interno, estaba seguro de encontrar entre ellos, algún día, al boticario de Llivia.

No lo he encontrado hasta el día de hoy, sin embargo, ese día me aguardaba una desagradable sorpresa.

Al llegar a la colchonería me esperaba el dueño, aquel que un día me asombró por sus conocimientos, aquel que iba camino de convertirse en un modelo a seguir por mi, ávido de referencias que pudiesen encauzar mi rumbo, como ya se había convertido el boticario de Llivia.

—Chico —me dijo—, creo que no has nacido para este oficio, espero que tengas suerte y encuentres otro trabajo.

Y, alargando la mano, me entregó cinco duros que, junto a otros cinco que guardaba en el pañuelo, constituían todo mi capital.

Desconcertado, me dediqué a deambular por Madrid sin saber qué hacer ni a dónde ir. Cansado, aturdido y asustado, opté por sentarme en un banco apartado como queriendo ocultar mi pena y me puse a hacer cuentas: 31 pesetas para el viaje de vuelta a Málaga y 13 que le debía a la patrona, tenía lo justo para comer algo y volver a casa, cabeza gacha, como antaño había vuelto mi abuelo, pero al menos él tuvo los arrestos necesarios para dar la vuelta al mundo. Arrestos que, según me contaba, fueron siempre una característica familiar, sin embargo, estaba convencido de que dicha determinación planeaba saltarse una generación y ello me entristecía mucho más al pensar que en algún lugar del universo me estaba observando y avergonzándose de mi.

Tal vez he debido ocultar a mis lectores estas confesiones íntimas, pero mi sinceridad y el deseo de que puedan ponerse en mi lugar para comprenderme me obligan a manifestarlas.

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Faltaban aún más de cinco horas para que el tren partiera hacia la Ciudad del Paraíso pero decidí acercarme a la estación. Sabía que antes de tomar el tren tendría que pasar por la pensión a reglar mis cuentas y recoger mi hato pero la esperanza de encontrar a Nicolás o a Luterio me hizo posponer la visita a la patrona.

No los encontré. Desorientado, quedé inmovilizado por mi penosa situación. Atormentado por negros pensamientos, torturado por tristes recuerdos, angustiado por mi incierto futuro, todo el cielo se oscureció. De pronto, unos niños que jugaban a la tula tuvieron la desfachatez de tirarme al suelo en sus carreras y eso me hizo volver del ensimismamiento en que me encontraba. Habían dado las tres y el tren de Noega acababa de salir. El hambre, que siempre fue mala consejera, me hizo gastar siete pesetas en un trozo de pan con salchichón. Una bandada de pájaros revoloteaba en la plaza a mi alrededor esperando alguna migaja. Lleno el estómago, constaté que ahora me faltaba una peseta para el billete de vuelta a casa y, lejos de amedrentarme, me marché con la única intención de buscar una librería y comprar un libro del que había oído hablar al boticario de Llivia, se trataba de Las aventuras de Tom Sawyer, un libro que, según el licenciado, me ayudaría a entender el funcionamiento del mercado de valores, sobre todo, para prever la reacción de los inversores ante la publicación de resultados de las sociedades cotizadas. Recuerdo, como si hubiese ocurrido hoy mismo, cuando en aquella habitación de atmósfera sofocante donde el romero, la menta, las ortigas, la manzanilla, la prímula o la hierba de San Juan mezclaban sus olores con los aceites de lavanda, de sándalo, de bergamota y de enebro creando una atmósfera que me transportaba a las historias que, siendo niño, me contaba mi abuela al calor de la chimenea, el cura le preguntó cómo era posible que la cotización de una sociedad subiese tras publicar unos malos resultados, a lo que el boticario respondió:

—No olvide usted, padre, que, como dijo Campoamor,

En este mundo traidor,

nada es verdad ni mentira

todo es según el color,

del cristal con que se mira.

—Aclare lo que quiere decir —insistió el cura.

—Lo entenderá usted fácilmente —le respondió el boticario—. Si los resultados son menos malos de lo esperado, los inversores, eufóricos, se lanzarán a comprar títulos de la sociedad en cuestión; por el contrario, si una sociedad publica unos resultados menos buenos que los previstos, los inversores se alejarán de ella y así nos encontramos sociedades que suben aún estando en pérdidas y, al contrario, sociedades que bajan, aún produciendo beneficios.

—Si es así —volvió a intervenir el cura—, resulta curioso el comportamiento de los inversores.

—Permítame usted, señor cura, que le recomiende una lectura —añadió el boticario antes de dar el tema por zanjado—, lea Las aventuras de Tom Sawyer y observe cómo presenta el protagonista a sus amigos el castigo que le ha impuesto su tía. Lo hace de forma que parece una recompensa hasta el punto de que todos ellos están ansiosos por llevarlo a cabo.

Sus ojos brillaban delatando que en su fuero interno se sentía vencedor y, dando una larga calada a su pipa, se mostró satisfecho de su perorata y de la convicción con que la había expuesto.

Recuerdo que en aquel momento sentí la tentación de sonreír pero opté por contenerme ante la posibilidad de que el cura interpretase mi sonrisa como un desprecio a su incultura, yo que apenas sabía firmar.

Cuando, finalmente, encontré el libro en una librería aledaña a la plaza Mayor, lo compré y, con una euforia impropia en mi, me dirigí a la pensión. No volvería cabeza gacha, no sin antes haber dado la vuelta al mundo. Así de imprevisibles son los genios que, misteriosamente, cambian nuestro espíritu en un momento.

Y atribulado como siempre he sido comencé a leer por el segundo capítulo:

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Capítulo II

Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire.

El monte de Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.

Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se tom-sawyer-jimsentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto holgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jim con una balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:

-Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo. Jim sacudió la cabeza y contestó:

-No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío…, que ella se ocuparía del encalado.

-No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.

-No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!

-¿Ella?… Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, al menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.

Jim empezó a vacilar.

-Una blanca, Jim, y es de primera.

-¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.

Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.

Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de las tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar…, y esta idea le encendía la sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdicios heterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. Ben Rogers apareció a la vista en aquel instante; de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y zapatetas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «ti-lín, ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín, ti-lón», porque venía imitando a un vapor del Mississipi. Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al Gran Missouri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.

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-¡Para! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! (La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a la acera). ¡Máquina atrás! ¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos rígidos, pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor! ¡Ti-lín-lin-lin! ¡Chu-chu-chu! (Entretanto el brazo derecho describía grandes círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro). ¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!… (El brazo izquierdo empezó a voltear). ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! ¡Chistsss!… (Imitando las llaves de escape).

Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:

-¡Je, je! Las estás pagando, ¿eh?

Se quedó sin respuesta. Tom examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana, pero no cejó en su trabajo.

-¡Hola, compadre! -le dijo Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?

-¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No te había visto.

-Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará.

Tom se le quedó mirando un instante y dijo:

-¿A qué llamas tú trabajo?

-¡Qué! ¿No es eso trabajo?

Tom reanudó su blanqueo y le contestó, distraídamente:

-Bueno, puede ser que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.

-¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?

La brocha continuó moviéndose.

-¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?

tom-sawyer-3Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo

-Oye, Tom: déjame encalar un poco.

Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder, pero cambió de propósito.

-No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves…, mi tía Polly es muy exigente para esta cerca, porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.

-¡Quia!… ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco, nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom.

-De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly… Mira Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!

Anda…, ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.

-No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo…

-¡Te la doy toda!

Tom le entregó la brocha, con desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor Gran Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen uso; cuando éste se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta con un bramante para hacerla girar, y así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.

tom-sawyer-5Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiese sido un eximio y agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el tread-mill es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.

Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain)

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En este momento siento un poco de rubor por las numerosas confidencias que he hecho a mis lectores, pero, seguro como estoy de que serán indulgentes conmigo, sólo espero que nunca las utilicen contra mi.

Salvador Luque

LA OLA VERTICAL O EL ELOGIO DEL POLÍTICO MEDIOCRE

Después Dios dijo: «Que haya luces en el firmamento del cielo para poder así separar el día de la noche y para que sirvan para señalar los días, los años y las festividades.

genesisQue estas luces estén en el firmamento para alumbrar la tierra».

Y así sucedió.

Dios hizo dos grandes luces: la más grande para gobernar el día y la más pequeña para gobernar la noche. También hizo las estrellas.

Dios puso estas luces en el cielo para darle iluminación a la tierra, para que las dos gobernaran, una durante el día y la otra durante la noche; y para separar la luz de la oscuridad.

Y Dios vio que estaba muy bien esto que había hecho.

Luego llegó la tarde y después la mañana.

Ese fue el cuarto día.

(Gn 1,14-19 Versión Palabra de Dios para todos)

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—Si decides entrar en el tortuoso mundo de la Bolsa de valores —me dijo el boticario—, deberás estar al corriente de los asuntos públicos pues, aunque estos suelen estar dirigidos por gente inepta e ignorante, debemos aceptar la realidad en que nos ha tocado vivir. No es extraño ver cómo cuanto más importante, serio y delicado es un asunto, tanto más inepto es el político que lo dirige, siendo su mayor mérito el haber sabido huir, si alguna vez lo ha encontrado, de cualquier político humilde, trabajador, abnegado y dispuesto a servir al pueblo ya que un tal político podría contagiar la humildad y ello le convierte en una mala compañía, alguien bajo cuya protección es imposible prosperar. Admiradores de Talleyrand, que supo elevar el arte de la política hasta la sublimación, los políticos mediocres están dispuestos, como él, a traicionar a todo aquel al que han servido con tal de medrar. Y así, su primer objetivo consiste en buscar un político ambicioso para poder progresar a su sombra. ¡Feliz el que logra ser admitido!

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Retrato de Talleyrand, por François Gérard (1770-1837)

Pensé en llamarle maestro por lo mucho que me había enseñado en los pocos días en que tuve la suerte de convivir con él, sin embargo, reprimí este impulso para no alimentar su ego, pues, como él mismo me había dicho, no es extraño que el egoísmo conduzca a la perversión. Así, moderando mi instinto, osé replicarle.

 

—Pero señor, tal vez esté usted siendo demasiado severo con los políticos pues, al fin y al cabo, trabajan por el progreso de la sociedad, por el bien común.

—Has de saber que estás en un error, joven. La mayoría de ellos, desde que, allá en su más tierna juventud, entran en el semillero de los partidos políticos que son las organizaciones juveniles, saben que a la ambición hay que llamarla vocación. ¡Cuántos de estos jóvenes llevan en la cabeza el jarrón de leche! Darwin tenía razón, la selección natural va eligiendo a aquellos militantes que saben cómo llegar a concejal, a aquellos concejales que saben cómo llegar a alcalde, a aquellos alcaldes que saben cómo llegar a ministro. Llega el momento de soñar. ¡La presidencia está a un paso! Mediocres como son, saben arrimarse al sol que más calienta. Revolotean alrededor de los que ya han llegado como las moscas lo hacen sobre un plato de miel; miembros de la camarilla que los rodea, comienzan a contar con sus propios palmeros y será el número de éstos el que indique su poder como el número de hembras de la manada lo hace con el macho alfa. Hay que hacer guardia y mantener el orden alrededor del macho. La camarilla es el poder del político mediocre.

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Caricatura anónima de Talleyrand (1815)

—Por sus palabras colijo —repuse— que a lo que usted llama camarilla no es otra cosa que un rebaño de personas. ¿Es así?

 

—Efectivamente —me contestó—, pues también podría haberlos llamado rebaño, hato o manada, ya que no piensan, limitándose a seguir ciegamente las instrucciones de sus jefes.

—Sin embargo —repuse—, he oído decir que la manada es un nido de solidaridad y cooperación.

En un tono que me hizo pensar que estaba perdiendo la paciencia conmigo, me respondió:

—Vuelves a equivocarte otra vez pues no hay nada más lejos de una camarilla de políticos que las dos virtudes que acabas de nombrar. Si bien es cierto que critican en público a sus adversarios ideológicos, no es menos cierto que en su fuero interno saben que su mayor enemigo es su correligionario. Así, no dudan en ponerse zancadillas utilizando las excusas más nimias. Sabedores de todo esto, los poderosos, para mantener su influencia, distribuyen dádivas a su alrededor haciendo progresar a su entorno al tiempo que lo hacen ellos mismos y los menganos las aceptan como señal de que se ha caído en gracia, condición sine qua non para alcanzar una concejalía. Es el inicio de la carrera. Simbiosis. Y, cual gota de aceite sobre un tejido, la camarilla crece a medida que lo hace su estrella.

—Me temo, señor boticario —osé decir—, que si la cosa es como usted la pinta, poco debemos confiar en la palabra de un político.

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Ilustración de F.A. Fraser (1846-1924) para la obra Grandes esperanzas, de Charles Dickens

 

—Bueno, hijo mío —me respondió en un tono más amable—, creo que estás empezando a comprender, si bien, he de advertirte que si sus palabras son traicioneras no así sus gestos, pues conviene que sepas que nuestro cuerpo habla con más sinceridad de la que en ocasiones desearíamos y quiero confesarte, querido amigo, que hace unos días estuve viendo en televisión el discurso del candidato a presidente de Gobierno. Y digo viendo porque decidí prescindir de la voz y centrarme en la imagen. Una imagen vale más que mil palabras. Antes que nada he de aclararte que hice esto no por mi sordera sino porque, parafraseando al poeta, las palabras, como los suspiros, son aire y van al aire y quise ahorrarme escuchar lo ya escuchado con anterioridad. Sin embargo, tras el discurso llegó la exaltación de Víctor Hugo. Los suyos estallaron en un aplauso. Los suyos, políticos mediocres, como mediocres son otros muchos de los allí presentes. Terminado su discurso —prosiguió—, el candidato bajó del estrado, llegó a su escaño y se sentó. Los aplausos continuaron y el candidato se dignó levantarse un instante para saludar cual matador merecedor de un trofeo. Se volvió a sentar y los aplausos continuaron. El sol que más calienta merece un gran aplauso. Y el sistema solar se reflejó en el Parlamento. Cada sol tiene su sistema, planetas que giran a su alrededor; son los ministros. Cada planeta tiene sus satélites, también los ministros tienen los suyos. El número de planetas es proporcional a la fuerza del sol en torno al que giran. De la misma forma, el número de satélites está en relación a la importancia de cada planeta, de la proximidad de éste al sol. Instantes después de hacerlo el sol se sentó la vicepresidenta en funciones, es el mayor de sus planetas, y acto seguido lo hicieron los demás planetas, los ministros, los que ocupan el banco azul. Y ahí dio comienzo la ola vertical. Es sabido que a veces, cuando la ocasión lo merece, se produce en los estadios la ola. Es una ola horizontal que recorre todo el anillo que forman las graderías, cada espectador se levanta instantes después de que lo haya hecho el que está a su lado, su igual. Es algo que me fascina, ¿cómo nace esta ola que recorre todo el estadio? Sin embargo, la ola parlamentaria es una ola vertical, comienza en los escaños inferiores y termina en los situados arriba, en el gallinero. ¡Cuánto cuesta progresar! Cada fila que se baja en el hemiciclo es un peldaño que se sube en la carrera política. Como cualquier carrera, también ésta tiene sus aspirantes que cortejan a los que ya han llegado. La ola vertical forma parte de este cortejo. Es un rito una y mil veces repetido. Los ritos son importantes porque son otra forma demostrar que se acata la jerarquía. La ola vertical la comienza el sol, la continúan los planetas, la siguen los satélites y la terminan los menganitos. Yo habría utilizado la palabra satelitoides para referirme a estos últimos —me dijo el boticario de Llivia—, pero he optado por llamarles menganitos porque es una palabra aceptada por la Real Academia y no quiero entrar en disquisiciones lingüísticas que interrumpan mi narración ya que este detalle no altera en nada el fondo de lo que quiero decir, así, cuando se hubieron sentado los planetas del banco azul, aún continuaban de pie, aplaudiendo, los satélites, la segunda fila, a pesar de que alguno de ellos, tal vez por descuido, hizo ademán de sentarse antes que los planetas pero, rápido de reflejos, supo rectificar. Hay que respetar la jerarquía. Llegado su turno, se sentaron. A continuación dejaron de aplaudir y se sentaron los ocupantes de la tercera fila y así, una tras otra, se fueron sentando las demás filas, siempre guardando el orden, sin atreverse a hacerlo antes que la fila anterior. Hay que respetar la jerarquía. Una vez más, el sistema solar victorhuguiano había funcionado a la perfección. La ola vertical se había producido respetando los cánones.

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Saturno devorando a uno de sus hijos, de Goya (1746-1828)

Dicho esto, el boticario de Llivia pareció sumirse en un sueño y yo aproveché igualmente no para dormir, sino para soñar, y en mi sueño me convertí en filósofo:

—Para la multitud, éxito y supremacía tienen el mismo perfil. Pero éxito debería ser sinónimo de talento. Talento debería ser sinónimo de capacidad. Capacidad debería ser sinónimo de servicio. El que triunfa es admirado, pero, en ocasiones, la admiración no es más que miopía. No es grave llegar el primero siempre que sea yo. La vulgaridad se vanagloria de sí misma y aplaude la vulgaridad. El arribista que logra su objetivo, sin importar cuál es ni cómo lo ha logrado, es aclamado por una pléyade de lameculos que, en lo más profundo de su ser, sólo aspiran a ocupar un día su lugar.

Y al despertarme, pensé que no somos tan diferentes los que buscan estrellas en el firmamento y los que buscamos tréboles de cuatro hojas allá por donde vamos, errabundos como somos.

Salvador Luque