EL VIAJERO DEL TIEMPO (II): SIN PAZ NO ES POSIBLE EL COMERCIO O AUNQUE LA MONA SE VISTA DE SEDA

LOS MONOS BAILARINES

Un príncipe tenía algunos monos entrenados para bailar.

Siendo naturalmente grandes imitadores de las acciones de los hombres, demostraron ser unos alumnos apropiados, y cuando los vestían con su ropa y máscaras, bailaban tan bien como cualquiera de los cortesanos.

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Esopo. Crónica de Nuremberg, 1493. Fuente: Wikipedia

El espectáculo era repetido a menudo con grandes aplausos, hasta que en una ocasión a un cortesano se le ocurrió una travesura, y tomó de su bolsillo un puñado de nueces y las lanzó sobre ellos.

Los monos a la vista de las nueces olvidaron su baile y se pusieron a actuar como en efecto eran, monos en vez de actores.

Quitándose sus máscaras y rompiendo sus trajes, lucharon el uno contra el otro por las nueces.

El espectáculo del baile llegó así a un final entre la risa y la burla del auditorio.

No se puede cambiar la naturaleza de un ser, aun vistiéndolo con ropa fina.

Esopo

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Resulta extraño el hecho de que podamos pasar años sin conocernos realmente a nosotros mismos. Es sorprendente ver cómo las circunstancias pueden cambiar un espíritu reservado en otro expresivo o a un individuo dócil en atrevido. En algún rincón del alma se deben encontrar las razones de la alegría, de la euforia y de su hija la osadía.

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Nosce te ipsum. Grabado de Jacob Jordaens (1593-1678). Fuente: Wikimedia commons

Llevaba razón don Obdulio, el maestro del que he olvidado el rostro pero no su enseñanza, nosce te ipsum, repetía, y hoy vino a mi mente. En los pocos días que llevaba en Madrid había descubierto mi carácter cambiante, inestable, inseguro, tan diferente del que adorna a los triunfadores; tan desprovisto de las virtudes que, según el extraño, deben engalanar a los inversores bursátiles. Y, sin embargo, decidí seguir adelante. De pronto, todas mis preocupaciones se trocaron en entusiasmo.

Era san Marcos. De haber estado en Chozas del Rey, habría disfrutado de un magnífico día de campo allá en la laguna de Lucena saboreando un bollo de pan en forma de gallina con un huevo duro en su interior como sólo las abuelas saben preparar. Pero estaba a mil kilómetros y debía tomar una decisión.

En estas circunstancias, la primera idea que me asaltó fue la de dirigirme a la estación de Atocha y ofrecerme como mozo de cuerda como ya había hecho a mi llegada a la capital. Conocía los problemas a los que me enfrentaría. Los demás mozos no me aceptarían, me acosarían y me importunarían y no tendría a Luterio para defenderme. Pero la necesidad me acuciaba. La patrona me había conminado a pagarle o dejar la pensión en dos días y, haciendo de la necesidad virtud, aceleré el paso dispuesto a hacer frente a cualquiera que se interpusiese en mi camino. El Real Madrid había ganado la Liga y había finalizado la temporada venciendo 5-0 al CD Sabadell, según leí en los restos de un periódico que alguien había abandonado cerca de la plaza de Neptuno y yo pensé en el señor que los domingos por la tarde pregonaba La Goládea en Medina Elvira provocando las carcajadas de los paseantes. Tomé los restos del diario y lo abrí por la sección de anuncios por palabras.

Real Madrid
Real Madrid C.F. campeón de liga 1966/67. Fuente Flickr

Estaba reciente en mí la conversación que había oído entre dos huéspedes de la pensión:

—No hay mejor forma de conocer a la gente de una ciudad que leer la sección de pequeños anuncios de un periódico —dijo uno de los contertulios.

—Efectivamente —respondió el otro—, creo que lo más interesante de un diario viene al final.

—La ciudad es un ser vivo —retomó su discurso el primer huésped— y como tal, está dotada de cuerpo y de alma. El cuerpo lo podemos conocer paseando por sus calles, admirando sus edificios, sufriendo su bullicio; sin embargo, el alma, como cualquier alma, es invisible, como lo son las de sus moradores. Es única aunque en ella se integran las de sus habitantes pero, aunque intangible, podemos percibirla en los olores de la ciudad, en las relaciones entre sus ciudadanos y, sobre todo, en los pequeños anuncios de la prensa. Allí, en esa maraña de frases donde se violenta la ortografía, la concordancia y cualquiera de los accidentes gramaticales en pos de la economía, se entremezclan ambiciones, ilusiones, esperanzas y pillerías. Allí se esconden desesperados, ventajistas, timadores y usureros. Allí busca el avaro al necesitado, el lobo al cordero y el pecado al pecador. Allí el confidente envía mensajes y recibe consignas. Allí el amado se comunica con su amada, el devoto con su patrón y el egoísta consigo mismo. Agradecidos, atormentados, mentirosos y truhanes, todos encuentran su hueco. En definitiva, aunque silenciosos, estos mensajes gritan a los cuatro vientos el devenir ciudadano.

¡Cuánto me hubiese gustado poder adquirir aquella biblioteca que se ofrecía por 246 pesetas! ¡Cuánto me hubiese gustado regalar a mi madre uno de aquellos relojes que se anunciaban en la última página! Pero todo ello estaba fuera de mi alcance. Me llamó la atención aquel anuncio que rezaba: «¡¡EMIGRANTES!! Regreso a Suiza. Vacío vehículo Mercedes, interesan viajeros. Llamad 226 XX XX».

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Homenaje al emigrante. Tocón (Granada). Fuente: Wikimedia commons

 

A la migración campo/ciudad iniciada años antes sucedió la emigración a Europa. Los cierres empresariales en España y el déficit de mano de obra en los países de destino provocado por la carnicería de la Segunda guerra mundial empujaron a los más desfavorecidos fuera de nuestras fronteras.

El retorno de estos desheredados trajo consigo el ansia de libertad como habían hecho antes en África los soldados obligados a luchar en suelo europeo.

Eran numerosas las historias que corrían de boca en boca acerca de esos desalmados que engañaban a numerosos emigrantes o a sus familias haciéndoles creer que eran compañeros de sus parientes y que volvían tras unas vacaciones ofreciéndose a llevarles cualquier paquete que quisieren enviarles.

De todas formas, viajar a Suiza no entraba por ahora en mis planes, pero era una posibilidad que, de pronto, se acomodó en mi mente.

No tuve tiempo de pensar más en dicha eventualidad pues mis ojos cayeron sobre lo que parecía ser un grupo de estudiantes que se arremolinaba frente al palacio de la Bolsa y yo, siguiendo mi querencia natural cual toro bravo enfurecido, me acerqué a ellos.

—Aunque no es el motivo de nuestra visita —dijo el profesor—, he de advertirles que estamos ante una pieza más del museo neoclásico que conforma la arquitectura madrileña.

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Palacio de la Bolsa de Madrid. Fuente: Wikimedia commons

En ese momento constaté cómo algunos estudiantes esbozaban en sus cuadernos un dibujo rápido del palacio.

—Pero, centrándonos en el objeto de nuestro estudio —continuó el profesor—, han de saber ustedes que éste es el templo donde confluyen los principales agentes económicos que impulsan la riqueza nacional. Aquí entran en contacto empresarios y ahorradores; los primeros buscan financiación para sus empresas, los segundos rentabilidad para su liquidez. Y ello bajo la ley de la oferta y la demanda.

Por lo que pude observar, era yo el que más atención prestaba al profesor; no obstante mi interés, procuré mantenerme a cierta distancia para no llamar la atención.

—Si los compradores superan a los vendedores —añadió—, los precios subirán, mientras que, en el caso contrario, los precios bajarán.

En este momento, se oyó una carcajada por parte de algunos estudiantes que obligó al profesor a llamarles la atención aunque estoy seguro de que no sabía a qué se debía la actitud de sus alumnos pues, de saberlo, no tengo duda de que él mismo se hubiese reído.

Y yo, que, a falta de inteligencia, siempre he hecho gala de honestidad, no me resisto a relatar a mis lectores la razón de aquel incidente que no fue otra sino la ocurrencia de un estudiante que, en voz baja, apostilló:

—La Bolsa sube cuando hay más tontos que listos y baja cuando hay más listos que tontos.

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Caduceo Bolsa de Madrid. Molinelli y Taverner. Fuente: Bolsa de Madrid

Pasado el vendaval provocado por la reprimenda del docente, el estudiante en cuestión, con aire de vencedor, miró ufano a sus condiscípulos buscando su aprobación, pues este tipo de adulación es el alimento del pedante.

Sin embargo, he de reconocer que también yo le aplaudí con la mirada, ya que, no pareciéndome su sentencia ni estúpida ni perversa, no la juzgué perniciosa para la formación de un estudiante. Soy consciente de que habrá quien considere mi actitud inapropiada, puesto que podría implicar la aceptación de la vulgaridad y, como única defensa, puedo aducir que desde que el mundo es mundo la vulgaridad impera en él. ¿No es vulgar la historia de Lot?, ¿no fue vulgar la vida de la de los tristes destinos? y ¿qué decir de Volterra, il Braghettone, acaso no actuó de forma vulgar al cubrir los desnudos de Miguel Ángel? Entonces, ¿por qué no he de serlo yo que no recibí más educación que la que se dignaron darme en un frío internado de Medina Elvira?

Pero dejemos de lado la reivindicación de la vulgaridad y volvamos a nuestra historia.

—Antes de entrar al palacio —el profesor retomó su explicación—, quisiera resaltar la importancia de una información rápida y objetiva de todo cuanto afecte al mercado para que cada participante pueda tomar la decisión que mejor responda a sus intereses pues, no en balde, la transparencia debe reinar en cualquier operación.

Y dicho esto, el grupo, tras su profesor, se acercó a la puerta de entrada. Yo, siguiendo un comportamiento del todo extraño en mí, intenté acceder al edificio confundido entre los estudiantes, pero un bedel llamó mi atención con un golpecito en el hombro:

—Perdone, señor —me dijo—, sólo puede entrar este grupo de estudiantes.

Y yo, bajando la cabeza, dije para mis adentros: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Salvador Luque

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RECURSOS

— Leer las Fábulas de Esopo on line:

https://books.google.es/books?id=RVcvDgAAQBAJ&pg=PA304&lpg=PA304&dq=los+monos+bailarines&source=bl&ots=HfMpAVRQFs&sig=ujGW1MFZkYKN0xySllT0TEet_Zk&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjw3ebz-sHUAhWSfFAKHfw1DoI4ChDoAQg3MAI#v=onepage&q=los%20monos%20bailarines&f=false

http://edyd.com/Fabulas/Esopo/E1AguilaCuervoPastor.htm

— Escuchar la versión sonora de la fábula Los monos bailarines, de Esopo on line:

http://audiovisuales.uned.ac.cr/mediateca/audio/1955/f%C3%A1bula-%E2%80%9Clos-monos-bailarines%E2%80%9D

EL VIAJERO DEL TIEMPO (I): ¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS? O EL EXTRAÑO QUE DIO CONSEJOS AL AUTOR PARA INVERTIR EN BOLSA

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

Sello Lope de Vega
Sello conmemorativo del tercer centenario de la muerte de Lope de Vega. (Fuente: Wikipedia)

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Lope de Vega

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Al día siguiente me levanté con la angustia de no saber qué hacer ni a dónde ir. Aunque límpido para el mundo, el cielo, para mí, estaba gris, y mi alma, desesperada, gritaba cual fiera agónica ante la indiferencia de los pasantes.

Tal vez debería excusarme ante mis lectores por haber comenzado mi relato de la forma en que lo he hecho así como de haber escrito las líneas que siguen, e incluso comprendería su actitud si decidieran saltarse quince o veinte renglones por considerarlos superfluos. Sin embargo, tengo un pretexto para justificar el haberlos incluido en mi narración, y ese pretexto no es otro que mi natural franqueza y mi deseo de veracidad seguro como estoy de que, finalmente, serán del agrado de quien decida seguir el orden natural de esta crónica.

Falto de alguien que guiase mis pasos, perdido y desorientado, erré por la gran ciudad e, instintivamente, entré en una iglesia. No había nadie. Un suave aroma a incienso que invitaba al recogimiento embriagaba el ambiente.

Milo Winter
Ilustración de Milo Winter (1888-1956) para Las mil y una noches. (Fuente: Wikipedia commons)

Aturdido por el penetrante olor, caí en una especie de éxtasis, mi mente retrocedió más de mil años y, como en un sueño, se vio invadida por Scheherezade y el malvado Shahriar e intentaba recrear las notas de Rimski-Kórsakov que tarareaba mi abuela mientras cosía al calor de la lumbre con un enorme gato moteado posado en su hombro izquierdo, y yo, absorto, oía sus relatos mil veces repetidos. Uno de mis preferidos era aquel en que me contaba cómo, allá en São Paulo, supo de la muerte de su padre por mediación de una vecina espiritista que vino a anunciárselo un día de buena mañana. Un mes después recibiría la carta con la triste nueva. Un mes después, cuando ya el padre João había accedido a dedicarle una misa tras el pago de tres reais.

Ensimismado como estaba, el chirrido de la puerta me hizo estremecer volviendo a la realidad, sin embargo, al girar la cabeza observé cómo se cerraba pero nadie entró salvo una bocanada de aire fresco. La inquietud me asaltó. Sabemos que existe el viento, nadie lo ha visto pero lo sentimos, ahora bien, ¿existen los espíritus?, nadie los ha visto pero en aquel momento yo me sentía observado. Presa del desasosiego, sentado en el último banco dirigí mi petición al Todopoderoso: Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine iniquo et doloso erue me.

Ciertamente, el ambiente eclesial está saturado de espíritus que nos contemplan y son capaces de influir en nuestro ánimo.

Vinieron a mi mente los tiempos en que fui monaguillo cuando, antes del oficio, entrábamos en la sacristía y, bajo la vigilancia del sacristán, nos colocábamos las sotanas rojas y los roquetes blancos; instantes después entraba don Antonio y el silencio se imponía mientras recitaba sus oraciones al revestirse: primero el amito, «Impone, Domine, capiti meo galeam salutis, ad expugnados diabolicos incursus»; le seguía el alba; el cíngulo, símbolo de mortificación; el manípulo y la estola cuyos nombres confundía yo frecuentemente, y, finalmente, la casulla, «Domine, qui dixisti: Iugum meum suave est et onus meum leve: fac, ut istud portare sic valeam, quod consequar tuam gratiam. Amen». Esta oración coincidía con el tercer toque y la celebración comenzaba.

El cambista y su mujer
El cambista y su mujer (1539). Marinus van Reymerswaele (1490-1567). Museo del Prado. (Fuente: Wikipedia)

Ante mi sorpresa, advertí que, a pesar de creerme el único mortal en el templo, un hombre se había sentado junto a mí. En otras circunstancias, esto me habría hecho recelar, sin embargo, no teniendo nada que temer y deseoso de poder hablar con alguien que pudiese ayudarme ante el negro futuro que se me presentaba, opté por quedarme con la esperanza de que me dirigiera la palabra. No sé cuánto tiempo pasó pero al cabo me preguntó:

—¿Eres creyente, chico?

—Sí —respondí.

—Yo no lo soy —repuso.

—¿Y qué hace usted aquí? —le pregunté.

—Me gusta observar. Es curioso ver cómo la gente se aferra a creencias irracionales. No acabo de comprender cómo alguien que vivió hace dos mil años puede ejercer una influencia tan decisiva sobre millones de personas.

—Bueno, era el hijo de Dios Todopoderoso —le dije seguro de que mi respuesta le satisfaría.

—Sí, eso ya lo he oído infinitas veces pero yo creo que en realidad era un alborotador.

—También era un alborotador que luchaba contra la injusticia —fue mi respuesta.

Mi ánimo se vio invadido por una gran fortaleza, no por creer que había convencido a mi interlocutor, sino por constatar que yo también era capaz de rebatir sus argumentos. Tu es, Deus, fortitudo mea.

Y señalando a un cuadro donde se representaba la Última Cena, dijo:

—¿Alguna vez te has preguntado si, en realidad, estarían preparando algún complot?, ¿sería posible que Judas fuese un infiltrado?

Ante el temor de que este hombre hiciese estallar los pilares de mi fe, lo único a que podía aferrarme en el angustioso trance en que me encontraba, opté por levantarme e irme, sin embargo, asiéndome por el brazo, el extraño se disculpó y me hizo volver a sentar.

—Aunque tú no me conoces, yo sí te conozco a ti. Sé el mal momento que estás pasando y me gustaría ayudarte.

—Pues yo estoy seguro de no haberle visto nunca —repuse.

—Eso no tiene gran importancia.

El cambista QM
El cambista y su mujer (1514). Quentin Massys (1466-1530). Museo del Louvre. (Fuente: Wikipedia)

Desesperado como estaba y aun siendo consciente de la imprudencia que estaba cometiendo al hablar con un desconocido, decidí permanecer, pues mi necesidad superaba a mis miedos.

—Llevo días observándote y he llegado a la conclusión de que sientes una gran fascinación por el mundo bursátil.

—Si —contesté—, tengo entendido que es un negocio tan enrevesado que podría ser que ni los propios corredores lo comprendan plenamente.

—Efectivamente —añadió—, para poder defenderse en ese mundo y no ser devorado en la primera ocasión se necesita mucho trabajo, mucho estudio, mucha paciencia y mucha disciplina. Son numerosos los que, sin estar adornados por estas cualidades, han osado adentrarse en esa selva y se han topado con la cruda realidad.

Inteligente y observador como parecía ser el extraño, no tardó en darse cuenta del temor que sus palabras producían en mí y, para atizar aún más el fuego, añadió.

—Piensa que para cada una de las miles de operaciones que cada día se llevan a cabo en el palacio de la Bolsa se necesitan un vendedor y un comprador.

—Es evidente —dije con la única intención de advertirle de que seguía su discurso.

—Convendrás conmigo en que las dos partes intervinientes en cada operación esperan obtener un beneficio de la misma.

—Naturalmente.

—Bien, pues en cada una de esas operaciones hay siempre uno que se equivoca. Ya sea el vendedor porque, de mantener sus acciones, hubiese podido obtener un precio más elevado en el futuro, ya sea el comprador, por la razón contraria.

—Nunca se me había ocurrido pensar en ello —respondí con cara de asombro.

—No debes extrañarte pues son demasiados los que nunca han pensado en ello, sin embargo, el simple hecho de saber que la mitad de los miles de intervinientes en el mercado de valores toma decisiones erróneas hará que te pongas en guardia y antepongas la prudencia a la avaricia.

Ante el silencio causado por el estupor que en mí habían generado sus palabras, intentó tranquilizarme:

—Sin embargo, cual funambulista, podrás dotarte de una red.

Los cambistas
Los cambistas (1548). Escuela de Marinus van Reymerswaele. Museo de Bellas Artes de Bilbao. (Fuente: Wikipedia commons)

Como mi silencio se prolongaba, añadió una serie de consejos que yo, con la licencia de quienes me leen, expongo a continuación sin omitir nada salvo el tono grave de su voz que dotaba a sus palabras de una dignidad acorde con el escenario en el que nos encontrábamos, y lo hago con la seguridad de que les serán más útiles a ellos de lo que me han sido a mí:

— Escucha siempre —dijo— el consejo de los prudentes y no desdeñes sus enseñanzas.

— Huye de los embaucadores que, mediante halagos y hermosas palabras, te prometen ganancias fáciles. Que tus pies no pisen los caminos que ellos huellan y no olvides que el engaño se alimenta de la ingenuidad. ¡Cuántos bobos creen sus palabras! ¡Cuántos incautos caen en sus redes!

— Prepárate y confía en tu trabajo, abre tu mente a la perseverancia y a la justicia, sé prudente y disciplinado cuando te hayas trazado un plan porque estas virtudes te protegerán. Por el contrario, su ausencia te conducirá al fracaso.

— Nunca inviertas todos tus ahorros, porque eso es de necios. Guárdate siempre una cantidad tal que, si sufres una adversidad, ningún enemigo pueda observar que tu vida ha cambiado.

— Aprende de tus errores porque la inteligencia no es más que el recuerdo de lo que hemos vivido. No olvides que es la memoria la que nos diferencia de los animales. Para un animal, cada día es el primero porque no recuerda lo que aprendió ayer, pero tú, dotado como estás de memoria, debes aprender de tus errores para no repetirlos.

— No olvides que el triunfador no es más inteligente que los demás, sino más exigente consigo mismo.

— Ten en cuenta que el mercado, en ocasiones, experimenta violentos vaivenes que pueden afectar gravemente a tu patrimonio.

Acto seguido, sin darme tiempo a asimilar sus palabras, me preguntó:

—¿De cuánto dinero dispones?

—De cuarenta pesetas —respondí con rapidez.

—Siento desilusionarte —me dijo—, pero poco podrás hacer con esa suma. Intenta conseguir algo más y nos vemos en este lugar dentro de quince días.

Y, sin más, se marchó. El silencio volvió a apoderarse de la iglesia. Al fondo, cerca del altar mayor, titilaban las mariposas que algún devoto había encendido. Y yo, fascinado por mi nueva conocencia e intentando superar la angustia que me invadía por lo incierto de mi porvenir, salí a la calle dispuesto a comerme el mundo.

Salvador Luque

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RECURSOS

— Escuchar online Scheherezade, de Rimski-Kórsakov, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Valery Gergiev:

https://www.youtube.com/watch?v=SQNymNaTr-Y

— Escuchar online el soneto ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?, de Lope de Vega, recitado por Alberto Closas:

https://www.youtube.com/watch?v=iRMm7dkec0Q

BIBLIOTECA BÁSICA DEL TRADER (II): LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER (MARK TWAIN)

Título: Las aventuras de Tom Sawyer

Autor: Mark Twain

Género: Novela

tom-sawyer-portadaEditorial: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Edición digital basada en la 12ª edición de Madrid, Espasa-Calpe, 1997 (Colección Austral; 212)

Lugar de edición: Alicante

Año de edición: 2005

Traductor: Torroba, José

Año de la primera edición (inglés): 1876

Leer la obra en línea en inglés: http://www.planetpublish.com/wp-content/uploads/2011/11/The_Adventures_of_Tom_Sawyer_NT.pdf

Leer la obra en línea en español: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-aventuras-de-tom-sawyer–0/html/

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Ilusionado como estaba por mi nuevo trabajo, cada mañana me levantaba ansioso por llegar ya que, como mil veces me había repetido mi madre, si no eres el mejor, al menos debes ser el primero y así, diligente, partía cada mañana sin esperar a mis dos amigos que, poco a poco, comenzaban a desentenderse de mi. Aunque no me agradaba esta situación, la aceptaba.

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Pese a no ser el camino más corto para ir a la colchonería, solía pasar por la plaza de la Lealtad con la única intención de ver a aquellos hombres encorbatados y elegantes que, maletín en mano, se adentraban en aquel majestuoso palacio al que yo jamás tendría acceso. En mi fuero interno, estaba seguro de encontrar entre ellos, algún día, al boticario de Llivia.

No lo he encontrado hasta el día de hoy, sin embargo, ese día me aguardaba una desagradable sorpresa.

Al llegar a la colchonería me esperaba el dueño, aquel que un día me asombró por sus conocimientos, aquel que iba camino de convertirse en un modelo a seguir por mi, ávido de referencias que pudiesen encauzar mi rumbo, como ya se había convertido el boticario de Llivia.

—Chico —me dijo—, creo que no has nacido para este oficio, espero que tengas suerte y encuentres otro trabajo.

Y, alargando la mano, me entregó cinco duros que, junto a otros cinco que guardaba en el pañuelo, constituían todo mi capital.

Desconcertado, me dediqué a deambular por Madrid sin saber qué hacer ni a dónde ir. Cansado, aturdido y asustado, opté por sentarme en un banco apartado como queriendo ocultar mi pena y me puse a hacer cuentas: 31 pesetas para el viaje de vuelta a Málaga y 13 que le debía a la patrona, tenía lo justo para comer algo y volver a casa, cabeza gacha, como antaño había vuelto mi abuelo, pero al menos él tuvo los arrestos necesarios para dar la vuelta al mundo. Arrestos que, según me contaba, fueron siempre una característica familiar, sin embargo, estaba convencido de que dicha determinación planeaba saltarse una generación y ello me entristecía mucho más al pensar que en algún lugar del universo me estaba observando y avergonzándose de mi.

Tal vez he debido ocultar a mis lectores estas confesiones íntimas, pero mi sinceridad y el deseo de que puedan ponerse en mi lugar para comprenderme me obligan a manifestarlas.

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Faltaban aún más de cinco horas para que el tren partiera hacia la Ciudad del Paraíso pero decidí acercarme a la estación. Sabía que antes de tomar el tren tendría que pasar por la pensión a reglar mis cuentas y recoger mi hato pero la esperanza de encontrar a Nicolás o a Luterio me hizo posponer la visita a la patrona.

No los encontré. Desorientado, quedé inmovilizado por mi penosa situación. Atormentado por negros pensamientos, torturado por tristes recuerdos, angustiado por mi incierto futuro, todo el cielo se oscureció. De pronto, unos niños que jugaban a la tula tuvieron la desfachatez de tirarme al suelo en sus carreras y eso me hizo volver del ensimismamiento en que me encontraba. Habían dado las tres y el tren de Noega acababa de salir. El hambre, que siempre fue mala consejera, me hizo gastar siete pesetas en un trozo de pan con salchichón. Una bandada de pájaros revoloteaba en la plaza a mi alrededor esperando alguna migaja. Lleno el estómago, constaté que ahora me faltaba una peseta para el billete de vuelta a casa y, lejos de amedrentarme, me marché con la única intención de buscar una librería y comprar un libro del que había oído hablar al boticario de Llivia, se trataba de Las aventuras de Tom Sawyer, un libro que, según el licenciado, me ayudaría a entender el funcionamiento del mercado de valores, sobre todo, para prever la reacción de los inversores ante la publicación de resultados de las sociedades cotizadas. Recuerdo, como si hubiese ocurrido hoy mismo, cuando en aquella habitación de atmósfera sofocante donde el romero, la menta, las ortigas, la manzanilla, la prímula o la hierba de San Juan mezclaban sus olores con los aceites de lavanda, de sándalo, de bergamota y de enebro creando una atmósfera que me transportaba a las historias que, siendo niño, me contaba mi abuela al calor de la chimenea, el cura le preguntó cómo era posible que la cotización de una sociedad subiese tras publicar unos malos resultados, a lo que el boticario respondió:

—No olvide usted, padre, que, como dijo Campoamor,

En este mundo traidor,

nada es verdad ni mentira

todo es según el color,

del cristal con que se mira.

—Aclare lo que quiere decir —insistió el cura.

—Lo entenderá usted fácilmente —le respondió el boticario—. Si los resultados son menos malos de lo esperado, los inversores, eufóricos, se lanzarán a comprar títulos de la sociedad en cuestión; por el contrario, si una sociedad publica unos resultados menos buenos que los previstos, los inversores se alejarán de ella y así nos encontramos sociedades que suben aún estando en pérdidas y, al contrario, sociedades que bajan, aún produciendo beneficios.

—Si es así —volvió a intervenir el cura—, resulta curioso el comportamiento de los inversores.

—Permítame usted, señor cura, que le recomiende una lectura —añadió el boticario antes de dar el tema por zanjado—, lea Las aventuras de Tom Sawyer y observe cómo presenta el protagonista a sus amigos el castigo que le ha impuesto su tía. Lo hace de forma que parece una recompensa hasta el punto de que todos ellos están ansiosos por llevarlo a cabo.

Sus ojos brillaban delatando que en su fuero interno se sentía vencedor y, dando una larga calada a su pipa, se mostró satisfecho de su perorata y de la convicción con que la había expuesto.

Recuerdo que en aquel momento sentí la tentación de sonreír pero opté por contenerme ante la posibilidad de que el cura interpretase mi sonrisa como un desprecio a su incultura, yo que apenas sabía firmar.

Cuando, finalmente, encontré el libro en una librería aledaña a la plaza Mayor, lo compré y, con una euforia impropia en mi, me dirigí a la pensión. No volvería cabeza gacha, no sin antes haber dado la vuelta al mundo. Así de imprevisibles son los genios que, misteriosamente, cambian nuestro espíritu en un momento.

Y atribulado como siempre he sido comencé a leer por el segundo capítulo:

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Capítulo II

Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire.

El monte de Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.

Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se tom-sawyer-jimsentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto holgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jim con una balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:

-Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo. Jim sacudió la cabeza y contestó:

-No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío…, que ella se ocuparía del encalado.

-No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.

-No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!

-¿Ella?… Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, al menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.

Jim empezó a vacilar.

-Una blanca, Jim, y es de primera.

-¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.

Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.

Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de las tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar…, y esta idea le encendía la sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdicios heterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. Ben Rogers apareció a la vista en aquel instante; de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y zapatetas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «ti-lín, ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín, ti-lón», porque venía imitando a un vapor del Mississipi. Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al Gran Missouri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.

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-¡Para! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! (La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a la acera). ¡Máquina atrás! ¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos rígidos, pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor! ¡Ti-lín-lin-lin! ¡Chu-chu-chu! (Entretanto el brazo derecho describía grandes círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro). ¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!… (El brazo izquierdo empezó a voltear). ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! ¡Chistsss!… (Imitando las llaves de escape).

Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:

-¡Je, je! Las estás pagando, ¿eh?

Se quedó sin respuesta. Tom examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana, pero no cejó en su trabajo.

-¡Hola, compadre! -le dijo Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?

-¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No te había visto.

-Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará.

Tom se le quedó mirando un instante y dijo:

-¿A qué llamas tú trabajo?

-¡Qué! ¿No es eso trabajo?

Tom reanudó su blanqueo y le contestó, distraídamente:

-Bueno, puede ser que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.

-¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?

La brocha continuó moviéndose.

-¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?

tom-sawyer-3Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo

-Oye, Tom: déjame encalar un poco.

Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder, pero cambió de propósito.

-No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves…, mi tía Polly es muy exigente para esta cerca, porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.

-¡Quia!… ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco, nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom.

-De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly… Mira Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!

Anda…, ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.

-No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo…

-¡Te la doy toda!

Tom le entregó la brocha, con desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor Gran Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen uso; cuando éste se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta con un bramante para hacerla girar, y así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.

tom-sawyer-5Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiese sido un eximio y agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el tread-mill es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.

Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain)

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En este momento siento un poco de rubor por las numerosas confidencias que he hecho a mis lectores, pero, seguro como estoy de que serán indulgentes conmigo, sólo espero que nunca las utilicen contra mi.

Salvador Luque

LA OLA VERTICAL O EL ELOGIO DEL POLÍTICO MEDIOCRE

Después Dios dijo: «Que haya luces en el firmamento del cielo para poder así separar el día de la noche y para que sirvan para señalar los días, los años y las festividades.

genesisQue estas luces estén en el firmamento para alumbrar la tierra».

Y así sucedió.

Dios hizo dos grandes luces: la más grande para gobernar el día y la más pequeña para gobernar la noche. También hizo las estrellas.

Dios puso estas luces en el cielo para darle iluminación a la tierra, para que las dos gobernaran, una durante el día y la otra durante la noche; y para separar la luz de la oscuridad.

Y Dios vio que estaba muy bien esto que había hecho.

Luego llegó la tarde y después la mañana.

Ese fue el cuarto día.

(Gn 1,14-19 Versión Palabra de Dios para todos)

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—Si decides entrar en el tortuoso mundo de la Bolsa de valores —me dijo el boticario—, deberás estar al corriente de los asuntos públicos pues, aunque estos suelen estar dirigidos por gente inepta e ignorante, debemos aceptar la realidad en que nos ha tocado vivir. No es extraño ver cómo cuanto más importante, serio y delicado es un asunto, tanto más inepto es el político que lo dirige, siendo su mayor mérito el haber sabido huir, si alguna vez lo ha encontrado, de cualquier político humilde, trabajador, abnegado y dispuesto a servir al pueblo ya que un tal político podría contagiar la humildad y ello le convierte en una mala compañía, alguien bajo cuya protección es imposible prosperar. Admiradores de Talleyrand, que supo elevar el arte de la política hasta la sublimación, los políticos mediocres están dispuestos, como él, a traicionar a todo aquel al que han servido con tal de medrar. Y así, su primer objetivo consiste en buscar un político ambicioso para poder progresar a su sombra. ¡Feliz el que logra ser admitido!

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Retrato de Talleyrand, por François Gérard (1770-1837)

Pensé en llamarle maestro por lo mucho que me había enseñado en los pocos días en que tuve la suerte de convivir con él, sin embargo, reprimí este impulso para no alimentar su ego, pues, como él mismo me había dicho, no es extraño que el egoísmo conduzca a la perversión. Así, moderando mi instinto, osé replicarle.

 

—Pero señor, tal vez esté usted siendo demasiado severo con los políticos pues, al fin y al cabo, trabajan por el progreso de la sociedad, por el bien común.

—Has de saber que estás en un error, joven. La mayoría de ellos, desde que, allá en su más tierna juventud, entran en el semillero de los partidos políticos que son las organizaciones juveniles, saben que a la ambición hay que llamarla vocación. ¡Cuántos de estos jóvenes llevan en la cabeza el jarrón de leche! Darwin tenía razón, la selección natural va eligiendo a aquellos militantes que saben cómo llegar a concejal, a aquellos concejales que saben cómo llegar a alcalde, a aquellos alcaldes que saben cómo llegar a ministro. Llega el momento de soñar. ¡La presidencia está a un paso! Mediocres como son, saben arrimarse al sol que más calienta. Revolotean alrededor de los que ya han llegado como las moscas lo hacen sobre un plato de miel; miembros de la camarilla que los rodea, comienzan a contar con sus propios palmeros y será el número de éstos el que indique su poder como el número de hembras de la manada lo hace con el macho alfa. Hay que hacer guardia y mantener el orden alrededor del macho. La camarilla es el poder del político mediocre.

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Caricatura anónima de Talleyrand (1815)

—Por sus palabras colijo —repuse— que a lo que usted llama camarilla no es otra cosa que un rebaño de personas. ¿Es así?

 

—Efectivamente —me contestó—, pues también podría haberlos llamado rebaño, hato o manada, ya que no piensan, limitándose a seguir ciegamente las instrucciones de sus jefes.

—Sin embargo —repuse—, he oído decir que la manada es un nido de solidaridad y cooperación.

En un tono que me hizo pensar que estaba perdiendo la paciencia conmigo, me respondió:

—Vuelves a equivocarte otra vez pues no hay nada más lejos de una camarilla de políticos que las dos virtudes que acabas de nombrar. Si bien es cierto que critican en público a sus adversarios ideológicos, no es menos cierto que en su fuero interno saben que su mayor enemigo es su correligionario. Así, no dudan en ponerse zancadillas utilizando las excusas más nimias. Sabedores de todo esto, los poderosos, para mantener su influencia, distribuyen dádivas a su alrededor haciendo progresar a su entorno al tiempo que lo hacen ellos mismos y los menganos las aceptan como señal de que se ha caído en gracia, condición sine qua non para alcanzar una concejalía. Es el inicio de la carrera. Simbiosis. Y, cual gota de aceite sobre un tejido, la camarilla crece a medida que lo hace su estrella.

—Me temo, señor boticario —osé decir—, que si la cosa es como usted la pinta, poco debemos confiar en la palabra de un político.

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Ilustración de F.A. Fraser (1846-1924) para la obra Grandes esperanzas, de Charles Dickens

 

—Bueno, hijo mío —me respondió en un tono más amable—, creo que estás empezando a comprender, si bien, he de advertirte que si sus palabras son traicioneras no así sus gestos, pues conviene que sepas que nuestro cuerpo habla con más sinceridad de la que en ocasiones desearíamos y quiero confesarte, querido amigo, que hace unos días estuve viendo en televisión el discurso del candidato a presidente de Gobierno. Y digo viendo porque decidí prescindir de la voz y centrarme en la imagen. Una imagen vale más que mil palabras. Antes que nada he de aclararte que hice esto no por mi sordera sino porque, parafraseando al poeta, las palabras, como los suspiros, son aire y van al aire y quise ahorrarme escuchar lo ya escuchado con anterioridad. Sin embargo, tras el discurso llegó la exaltación de Víctor Hugo. Los suyos estallaron en un aplauso. Los suyos, políticos mediocres, como mediocres son otros muchos de los allí presentes. Terminado su discurso —prosiguió—, el candidato bajó del estrado, llegó a su escaño y se sentó. Los aplausos continuaron y el candidato se dignó levantarse un instante para saludar cual matador merecedor de un trofeo. Se volvió a sentar y los aplausos continuaron. El sol que más calienta merece un gran aplauso. Y el sistema solar se reflejó en el Parlamento. Cada sol tiene su sistema, planetas que giran a su alrededor; son los ministros. Cada planeta tiene sus satélites, también los ministros tienen los suyos. El número de planetas es proporcional a la fuerza del sol en torno al que giran. De la misma forma, el número de satélites está en relación a la importancia de cada planeta, de la proximidad de éste al sol. Instantes después de hacerlo el sol se sentó la vicepresidenta en funciones, es el mayor de sus planetas, y acto seguido lo hicieron los demás planetas, los ministros, los que ocupan el banco azul. Y ahí dio comienzo la ola vertical. Es sabido que a veces, cuando la ocasión lo merece, se produce en los estadios la ola. Es una ola horizontal que recorre todo el anillo que forman las graderías, cada espectador se levanta instantes después de que lo haya hecho el que está a su lado, su igual. Es algo que me fascina, ¿cómo nace esta ola que recorre todo el estadio? Sin embargo, la ola parlamentaria es una ola vertical, comienza en los escaños inferiores y termina en los situados arriba, en el gallinero. ¡Cuánto cuesta progresar! Cada fila que se baja en el hemiciclo es un peldaño que se sube en la carrera política. Como cualquier carrera, también ésta tiene sus aspirantes que cortejan a los que ya han llegado. La ola vertical forma parte de este cortejo. Es un rito una y mil veces repetido. Los ritos son importantes porque son otra forma demostrar que se acata la jerarquía. La ola vertical la comienza el sol, la continúan los planetas, la siguen los satélites y la terminan los menganitos. Yo habría utilizado la palabra satelitoides para referirme a estos últimos —me dijo el boticario de Llivia—, pero he optado por llamarles menganitos porque es una palabra aceptada por la Real Academia y no quiero entrar en disquisiciones lingüísticas que interrumpan mi narración ya que este detalle no altera en nada el fondo de lo que quiero decir, así, cuando se hubieron sentado los planetas del banco azul, aún continuaban de pie, aplaudiendo, los satélites, la segunda fila, a pesar de que alguno de ellos, tal vez por descuido, hizo ademán de sentarse antes que los planetas pero, rápido de reflejos, supo rectificar. Hay que respetar la jerarquía. Llegado su turno, se sentaron. A continuación dejaron de aplaudir y se sentaron los ocupantes de la tercera fila y así, una tras otra, se fueron sentando las demás filas, siempre guardando el orden, sin atreverse a hacerlo antes que la fila anterior. Hay que respetar la jerarquía. Una vez más, el sistema solar victorhuguiano había funcionado a la perfección. La ola vertical se había producido respetando los cánones.

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Saturno devorando a uno de sus hijos, de Goya (1746-1828)

Dicho esto, el boticario de Llivia pareció sumirse en un sueño y yo aproveché igualmente no para dormir, sino para soñar, y en mi sueño me convertí en filósofo:

—Para la multitud, éxito y supremacía tienen el mismo perfil. Pero éxito debería ser sinónimo de talento. Talento debería ser sinónimo de capacidad. Capacidad debería ser sinónimo de servicio. El que triunfa es admirado, pero, en ocasiones, la admiración no es más que miopía. No es grave llegar el primero siempre que sea yo. La vulgaridad se vanagloria de sí misma y aplaude la vulgaridad. El arribista que logra su objetivo, sin importar cuál es ni cómo lo ha logrado, es aclamado por una pléyade de lameculos que, en lo más profundo de su ser, sólo aspiran a ocupar un día su lugar.

Y al despertarme, pensé que no somos tan diferentes los que buscan estrellas en el firmamento y los que buscamos tréboles de cuatro hojas allá por donde vamos, errabundos como somos.

Salvador Luque

SELL IN MAY AND GO AWAY O DEMOSTRACIÓN MERIDIANA DE QUE CAZADOR DE EIDERS E INVERSOR SON DOS ACTIVIDADES PERFECTAMENTE COMPATIBLES

ROMANCE DEL PRISIONERO

Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

Juglaresy están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

déle Dios mal galardón.

Anónimo

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Habiendo pasado un par de días de nuestra arribada a Madrid y como todos los esfuerzos de Nicolás para encontrarnos trabajo resultaran infructuosos, no hubo más remedio que recurrir a lo que él llamaba «plan de emergencia».

Estación de Atocha

Éste no era otro que ir a la estación de Atocha y emplearnos a los más jóvenes como mozos de cordel bajo la supervisión de su amigo que se hacía llamar Luterio. Durante este tiempo, Nicolás desaparecía y sólo hacía acto de presencia a la hora de comer.

No resultaron fáciles estos días, pues los demás mozos nos acosaban constantemente y seguro estoy de que hubiésemos desertado los tres de no ser por Luterio que, contando con la ventaja de su aspecto hosco y salvaje, hizo frente a nuestros acosadores.

Mudanza de muebles

Diario Oficial de Avisos. Madrid (26/03/1857)

Sea como fuere, lo cierto es que al tercer día Nicolás vino con la nueva de que había encontrado trabajo como aprendices para los tres jóvenes en una colchonería.

Con grandes muestras de alegría por parte de todos, Nicolás nos llevó a la misma y nos presentó al dueño. Era un hombre corpulento, de vientre prominente cuya cabeza se asemejaba a un erizo pues, bastante corto y de punta, su pelo parecía un manojo de leznas y tengo la certeza de que si alguno de nosotros se hubiera atrevido a acariciárselo, se hubiese destrozado la mano. Sin embargo, parecía un hombre llano y accesible a sus empleados.

Anuncio colchonería

En una estancia, limpia y ordenada, la parte comercial; en ella se alineaban las distintas clases de colchones: de lana, borra, paja, hojas o farfolla. Esa sería la primera y última vez que yo pisaría tal exposición pues, como dijo el dueño, para trabajar en ella era necesaria una presencia que yo no tenía. Sin embargo, tuvo a bien mostrárnosla como una deferencia que yo agradecí con un movimiento de cabeza y una mueca evitando pronunciar palabra alguna tal como me había aconsejado Nicolás. Ya en la trastienda el ambiente era totalmente diferente, allí se amontonaba de una parte, la lana, de otra, hojas, paja etc., éste sería nuestro lugar de trabajo. Allí varearíamos la lana y repararíamos los colchones bien fuera cosiéndolos o rellenándolos del material correspondiente. Los sábados y domingos los dedicaríamos a recorrer los pueblos ofreciendo nuestros servicios como colchoneros.

Llamó mi atención una estancia independiente en la que se guardaban una especie de plumas y yo, haciendo caso omiso de las indicaciones de Nicolás que, como he dicho anteriormente, me había recomendado no abrir la boca, me atreví a preguntar qué era aquello y el colchonero, demostrando rotundamente ser un profundo conocedor de su oficio, me respondió que era plumón para la confección y reparación de cobertores y, dejándonos a todos boquiabiertos, nos leyó unos párrafos de un libro que tenía a mano:

   En verdad, que al ver a aquel hombre, nunca hubiera adivinado su profesión de cazador; es seguro que no debía espantar la caza; ¿pero cómo podía alcanzarla?

   Todo me lo expliqué cuando el señor Fridriksson me dijo que aquel tranquilo personaje no era más que un «cazador de eiders», ave cuyo plumaje constituye la principal riqueza de la isla. En efecto, este plumaje se llama edredón, y no es necesario un gran esfuerzo para recolectarlo.

  Viaje el centro de la Tierra En los primeros días de verano, la hembra del eider, especie de ánade muy hermosa, construye su nido entre las rocas de los fiordos de que se halla erizada toda la costa. Construido el nido, lo tapiza con las finas plumas que ella misma arranca de su vientre. Inmediatamente llega el cazador, o por mejor decir, el cosechero, coge el nido y la hembra vuelve a empezar su trabajo. Esto se repite mientras a la hembra le queda plumaje, y cuando se ha despojado totalmente de él, llega a su vez el macho. Pero como la pluma dura y grosera de este último no tiene ningún valor comercial, el cazador no se toma la molestia de robársela, y por consiguiente el nido se concluye. Entonces la hembra pone en él sus huevos, nacen los polluelos, y la cosecha del edredón se repite al año siguiente.

   Y como el eider no escoge los acantilados y rocas escarpadas para hacer su nido, sino las peñas fáciles y horizontales que se pierden en el mar, el cazador islandés puede ejercer su oficio sin demasiado esfuerzo. Es un agricultor que no tiene que sembrar ni segar sus mieses, sino únicamente recogerlas.

Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne)

Terminada nuestra visita a la colchonería, y habiendo acordado que comenzaríamos nuestro aprendizaje al día siguiente, Nicolás nos recordó el compromiso de entregarle la mitad de los tres primeros sueldos y se dispuso a hacer las cuentas del dinero recaudado a lo largo de los tres días en la estación. Resultó que, tras apartar las cantidades necesarias para hacer frente a la manutención de los cinco, pensión y otras minucias entre las que conviene destacar, y lo digo con la única intención de que se pueda apreciar la preocupación que Nicolás demostraba por todos los miembros del grupo, la ducha que habíamos tomado cada uno de nosotros en la barbería que había en los bajos de la pensión, pues era de la opinión de que en la capital existía la costumbre de ducharse una vez por semana, tomó en primer lugar su parte y la de Luterio. Tras todo ello quedaron diecisiete monedas de a dos reales, que Nicolás se había preocupado de apartar, de las que la mitad debían ser para el Pernales por ser el que más había trabajado a juicio de Luterio, un tercio para el Guanche y la novena parte para mi que era el más endeble de los tres, reparto con el que estuve totalmente de acuerdo pues, de una parte, nunca fui un ñeque y, de otra, la obstinación y la frivolidad nunca fueron defectos que me impidieran aceptar el consejo de los prudentes.

Monedas de dos reales

Mi corto entender me decía que era imposible dar al Pernales la mitad de diecisiete monedas, ya que Nicolás nos había advertido de que las monedas se repartirían tal cual, y no entro ya en la parte que nos correspondía a los otros dos porque eso escapaba totalmente a mis entendederas.

Y mientras todos estábamos un poco atribulados, Nicolás reía advirtiéndonos de que no se haría el reparto hasta que encontrásemos la solución.

Yo, soñador como siempre fui, empecé a hacer cábalas con los dineros que recibiría en el reparto, a los que añadiría los que ganaría en la colchonería y pensé en multiplicarlos invirtiéndolos en la bolsa de valores, sin embargo, Nicolás, siempre sensato y siempre regalándonos buenos consejos, me preguntó:

—¿Sabes en qué mes estamos?

—En mayo —respondí.

—Pues, sell in May and go away.

Y con ello no hizo sino añadir una incógnita más a mi persona, pues no tengo conocimientos de inglés como tampoco los tengo de muchas otras materias.

Sell in lmaiAhora bien, cuando mi natural comenzó a dudar de que Nicolás mereciese toda la estima que le tenía puesto que en lugar de plantearme soluciones me planteaba problemas y aún manteniendo todo el respeto que me merecen no sólo los mayores sino todos los hombres, quiso el azar que días después se despertase en él la vena paternalista que en ocasiones emergía de su interior y en esa situación tuvo a bien explicarnos que la de cazador de eiders e inversor eran dos actividades perfectamente compatibles ya que la primera exigía la máxima dedicación en verano mientras la segunda la requería en invierno, que a ello se refería cuando dijo «sell in May and go away» pues de todos es bien sabido —nos dijo— que de santa Lucía a san José gana el bolsista su parné. Tras esto, me reconforté con la idea de estar cerca de una persona sabia y prudente como Nicolás cuya sencillez ocultaba su gran sabiduría. Y recordé a mi madre que mil veces me había repetido que quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

Y aprendida esta lección, me fui a la cama sin saber cómo es posible repartir diecisiete monedas de la forma propuesta por Luterio.

 Salvador Luque

THE SUPER BOWL INDICATOR O CUANDO LAS LEYENDAS URBANAS SE HACEN REALIDAD

En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían, a mi juicio, haber perdido el suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo.Gullivers_travels Aquellas pobres gentes presentaban planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y virtud; enseñaran a los ministros a consultar el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes y los servicios eminentes; instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es aquel que se asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que nunca pasaron por cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa tan irracional y extravagante que no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un filósofo.

Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift)

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Llegados a Madrid nos dirigimos todos juntos a una pensión situada no lejos de la Plaza Mayor. Una vez allí, mis cuatro compañeros se alojaron en una habitación y a mi me acoplaron en otra donde ya se hospedaban dos hombres gallegos que, según la patrona, eran de toda confianza.Cafe_Suizo_Madrid_ca_1873 Era una estancia relativamente grande en la que había dos colchones en el suelo y otros cuatro o cinco más amontonados en una esquina; tomé uno de ellos y lo coloqué lo más alejado posible de los otros dos mientras la dueña me daba unas sábanas y unas mantas al tiempo que me decía que me proporcionaría una almohada en el momento en que se marchase alguno de los huéspedes.

Cuando nos disponíamos a salir, el mayor de mis compañeros, que se había erigido en jefe del grupo, me aconsejó que guardara mis pertenencias en la otra habitación para mayor tranquilidad, y así lo hice.

En la calle, el ajetreo superaba todo cuanto yo había imaginado y, ante la cara de embeleso que mostraba, mis compañeros decidieron desentenderse de mí.

Viéndome solo, opté por acelerar el paso para alcanzar a mis amigos, cosa que hice en la que llaman Puerta del Sol donde habían hecho un alto para contemplar una escultura representando un oso. Nicolás, que además de jefe autoproclamado era persona versada, explicaba que el dicho animal era el símbolo de Madrid lo cual era una contradicción en la que llaman Villa y Corte ya que, siendo capital del reino, se veía simbolizada por un animal republicano como quedó demostrado en el año 739 con la muerte del rey Favila.

—En realidad, —añadió— casi todos los animales son republicanos pues han sido numerosos los que han dado muerte a algún rey. No olvidemos, por ejemplo, al rey Felipe de Francia muerto a causa de un cerdo que hizo que su caballo se desbocara causando la muerte del jinete; muerte indigna pues indigno era el animal que la causó; bien diferente fue la muerte del también rey galo Felipe el Hermoso, causada por un jabalí, animal digno de matar a un rey en la práctica de la caza pues en una sociedad guerrera la caza no es sino el entrenamiento.oso_y_madrono

Después, deambulamos un buen rato sin rumbo fijo, detrás de Nicolás que, cual gañán, sólo le faltaba una llamadera, y tuve buen cuidado de no alejarme del grupo pues empecé a temer que, fuera del mismo, mi supervivencia estaría en peligro.

Siempre sin éxito, nuestro jefe entró en distintos establecimientos ofreciendo los servicios de cualquiera de nosotros. Convencido como estaba de que lograría colocarnos a los más jóvenes como botones o pinches de cualquier hotel, restaurante o cafetería, ya nos había hecho aceptar sus condiciones consistentes en entregarle la mitad de los tres primeros sueldos. Digo esto en aras de la fidelidad de mi relato a sabiendas de que alguien podría tacharme de indiscreto, sin embargo, he de dejar claro que mi admiración por Nicolás es enorme, pues la educación que recibí de mis progenitores me obliga a respetar al prójimo y más aún a una tal persona que tanto se desvivía por nosotros en aquellos días como relataré en otra ocasión si viene al caso.

En nuestro errático paseo capitalino, acertamos a pasar por una plaza en la que destacaba un edificio en cuyo frente rezaba «Bolsa de Madrid», ante él, Nicolás nos hizo saber que se trataba de un lugar donde cada día se realizaban transacciones por varios cientos e incluso miles de millones pero que no podía darnos más explicaciones porque él mismo desconocía el funcionamiento de este mercado e incluso nos aseguró que era negocio tan complicado que hasta dudaba de que los propios intervinientes lo conocieran.

—Lleva usted razón, señor. No creo haber oído hablar con tanta sinceridad desde hace tiempo. Perdonen mi intromisión, pero trabajo en este edificio y quisiera regalarles una curiosidad.

Atónitos como estábamos, ninguno de nosotros acertó a pronunciar palabra alguna. Sin embargo, la curiosidad innata al hombre se reflejaba en nuestros rostros y nuestro interlocutor, que debió colegir fácilmente cuán lejano de su mundo estaba el nuestro, continuó, no sin cierta sorna.Bolsa de Madrid-1

—Por más que ustedes se extrañen, —dijo el desconocido—, tras estos señores tan elegantes e inteligentes que han pasado horas de estudio antes de ocupar los puestos que ocupan hoy, se esconden caprichos que, de conocerlos, podrían convertirnos a todos en hombres tan exitosos como ellos.

No es necesario decir que nuestra expectación era máxima en espera de sus palabras.

—¿Alguna vez han oído hablar del The Super Bowl Indicator?

Ante nuestra perplejidad, el hombre lanzó otra pregunta:

—¿Saben ustedes lo que es la Super Bowl?

Nicolás respondió que alguna vez había oído hablar de ella y que creía que era algún evento deportivo que tenía lugar en América.

—Efectivamente, pero ¿sabe usted que su resultado predice la tendencia de la bolsa durante todo el año?

—No sé qué quiere decir exactamente —repuso Nicolás.

—Se lo diré en pocas palabras: si el vencedor pertenece a la National Football Conference (AFC) tendremos un año bajista en la bolsa, pero si pertenece a la American Football Conference (NFC) tendremos un buen año.

Tras unos instantes de desconcierto, Nicolás me mandó correr tras el desconocido para preguntarle quién había ganado este año. Y con una mirada de superioridad que no indicaba sino complacencia ante tamaños ignaros, respondió:

—Eso tendrán ustedes que buscarlo en el periódico del ocho de febrero.

Su respuesta sonó en lo más profundo de mi ser como un gong. Yo, que siempre soñé con ser rico, veía una posibilidad de cumplir mis fantasías. Dispuesto como estaba a superar a todos en riqueza, comencé a compartir con mis compañeros mis proyectos. Pero vino a mi mente el recuerdo de mi madre que, aguja en mano, me recitaba mientras cosía:

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

¿Que hay quien intente reinar,

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

 

La vida es sueñoSueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

 

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

La vida es sueño (Calderón de la Barca)

Y puestos de nuevo los pies en el suelo merced a la guasa de mis compañeros a mi costa, y avergonzado por el espejismo que viví durante un instante, los seguí sin saber a dónde íbamos.

Salvador Luque