EL VIAJERO DEL TIEMPO (III): DE CÓMO ME CONVERTÍ EN APRENDIZ DE MANCEBO DONDE SE INCLUYE LA LISTA DE ÉXITOS DE 1967 PARA DELEITE DE LOS LECTORES

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La balsa de la Medusa. T. Géricault (1791-1824). Museo del Louvre. Fuente: Wikimedia commons

El que no sepa rezar,

que vaya por esos mares,

y verá qué pronto aprende

sin enseñárselo nadie.

Anónimo

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Vuelto a la realidad, proseguí mi camino hacia la estación ojeando mi periódico. Dos anuncios donde se solicitaban aprendices, para cafetería en uno y para peluquería en otro, hicieron que mi corazón empezara a latir con tal fuerza que temí que se me saliera. En estas estaba cuando, al pasar por delante de una farmacia, un cartel atrajo mi atención, «SE NECESITA APRENDIZ», rezaba, y yo, entre aturdido y asustado, entré a informarme.

No le pareció mal mi presencia al mancebo por lo que decidió llamar al boticario.

Durante la corta espera, mis ojos se fijaron en una especie de pergamino que, a pesar de estar deteriorado e incompleto, estaba situado en un lugar preferente presidiendo la farmacia. El mancebo aún tuvo tiempo de explicarme que era el contrato de aprendiz de mancebo de un antepasado del boticario. Eran tiempos —apostilló— en que algunos pilluelos se servían de estas artimañas para evitar servir al rey y, conseguido su propósito, desistían del empleo. Cuando apareció el farmacéutico, me encontré un hombre alto, enjuto, barbudo y con unas gafas enormes. Su porte justificaba mi creencia de que los jefes eran más altos que los empleados; los obispos más que los curas, y los oficiales, más que los soldados.

Contrato de aprendiz

Su presencia me intimidaba pero supe sobreponerme al pensar que, a fin de cuentas, aquel hombre no tenía más méritos que yo sino que era heredero de la valía de un antepasado que había vivido trescientos años antes. A él pertenecía el espíritu que impregnaba el ambiente.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Y yo, utilizando mi mano derecha como visera para defenderme del sol que entraba por la ventana, respondí:

—La gente me llama Lico.

—¿Sabes leer?

—Sí.

—¿Y las cuatro reglas?

—También.

—¿Conoces Madrid?

—Un poco.

—Bueno —dijo el boticario mirando al mancebo—, al menos parece poco hablador. ¿Qué piensas?

—No me parece mal, señor —respondió el mancebo.

—Pues explícale las condiciones y que empiece hoy mismo.

Y ya a solas con el mancebo, éste añadió:

—Tu trabajo consistirá en hacer cada día la limpieza de la farmacia, de la consulta de un practicante que hay dos manzanas más adelante y de la vivienda del señor boticario. Además —añadió—, deberás hacer los recados que se te encarguen. Tu jornada laboral se extenderá desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche y dispondrás de dos horas para comer.

—Yo creía que aprendería el oficio de mancebo —repuse.

—Todo a su debido tiempo. La obra irá pidiendo el material —fue su respuesta. Sin embargo —continuó—, ocasionalmente, deberás acompañar a un hierbero a buscar plantas medicinales al campo, así podrás comenzar a aprender el oficio.

Mientras el mancebo hablaba, yo me veía acompañando a mi abuelo recogiendo semillas de alholva, acedera y achicoria para corregir mi extrema delgadez cuando era niño; amapolas para el insomnio; arraclán para curar el estreñimiento de las embarazadas, y curalotodo, aquella planta de hojas gruesas que utilizaban para sanar los granos. Era una visión que se mantenía con nitidez en mi memoria a pesar del tiempo transcurrido.

Y así fue como encontré trabajo tras haber sido despedido de la colchonería.

Después, dándome una escoba, el mancebo me ordenó que comenzase a barrer la rebotica.

Tenía bien presente el consejo que nos dio Nicolás a mis compañeros y a mi cuando nos encontró el primer trabajo:

—Si veis dinero tirado en el suelo, no lo cojáis porque podría ser una trampa para probar vuestra honradez. Decídselo al jefe cuanto antes.

Terminada la limpieza de la rebotica, comencé a barrer la farmacia propiamente dicha después de que el mancebo me hubiese advertido de que me retirara cada vez que entrase un comprador.

No tardé en darme cuenta de que el mancebo se ganaba fácilmente la simpatía de los clientes por su trato afable aprendido a base de leer no en libros, sino en personas, y por su forma llana de hablar que siempre remataba, a manera de despedida, con el mismo chiste:

—¿Sabe usted en qué se parecen un elefante, un perro y la familia?

—No —respondían inexorablemente los clientes.

—Pues se parecen en que tanto el elefante como el perro tienen rabo.

—¿Y la familia? —preguntaban curiosos los compradores.

—La mía bien, gracias —respondía el dependiente— ¿y la suya?

Y un estallido de carcajadas señalaba la despedida del cliente.

A todo esto aún no sabía cuál sería mi salario pero, armándome de valor, me atreví a preguntárselo a mi jefe inmediato que no era otro que el mancebo.

—Se te pagarán veinte pesetas por cada día de trabajo. De ellas, recibirás diez al terminar la jornada y el resto lo recibirás el sábado.

No me pareció mal la soldada teniendo en cuenta que en mi pueblo los hombres cobraban cinco duros los días que tenían la suerte de que un manijero les pisase el pie cuando, reunidos en la plaza, cada mañana esperaban ser contratados.

El reloj marcó las dos y el mancebo me despidió hasta las cuatro advirtiéndome que debía ser puntual.

Después de pocas horas en mi nuevo trabajo, había llegado a la conclusión de que debía ser temeroso de mis dos jefes pero con una pequeña diferencia: del mancebo, en viéndolo, y del boticario, en oyéndolo.

Al salir de la farmacia, lo primero que hice fue buscar una iglesia para dar gracias a Dios por el trabajo que había encontrado. Tomé una Biblia que había en un confesonario, la abrí al azar y leí:

Parábola de los talentos

Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.

A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.

Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos.

Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos.

Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.

Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos.

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Parábola de los talentos. Grabado de 1712 de autor desconocido. Fuente: Wikipedia

Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.

Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo.

Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí.

Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.

Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos.

Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Mateo 25:14-30 (Versión Reina-Valera 1960)

Yo siempre me había sentido identificado con el tercer siervo porque la prudencia es mi guía. Para mí, el señor no era sino un tirano cruel. Sin embargo, ahora, aspirante a especulador, me sentía afortunado al descartar el peligro de arder en los infiernos al constatar que hasta los justos pueden ser acaparadores.

A fin de cuentas, pensé, es el egoísmo de cada individuo lo que hace avanzar el mundo. Es el interés de cada hombre que, buscando su propio bienestar, se preocupa de proveer a las necesidades del prójimo y así, la avaricia, el orgullo, la soberbia, la envidia o la vanidad son los motores del progreso humano. De esta forma, el hombre mediocre se convierte en impulsor de la historia. Digo todo esto sin ánimo de herir la susceptibilidad de mis lectores entre los que podrían encontrarse algunos que no compartan mi opinión. Pero diré aún más: estaría incluso dispuesto a retractarme de todo si alguien me señala mi yerro, pues, ignorante como soy, tengo las mismas posibilidades de encontrarme o en la verdad o en el error. Y todo ello sin esperar reconocimiento alguno pues de mi natural soy mas propenso al reconocimiento de las virtudes ajenas que a su descrédito.

I'm a believer
Fuente: Flickr

Al salir de la iglesia, aún tuve tiempo de ir a la estación y tomar un bocadillo. En la gramola del bar sonaban los últimos éxitos. Me resultó muy agradable volver a escuchar Puppet on a string, I’m a believer o Something stupid. Hubiese sido perfecto si algún cliente hubiese elegido el Black is black o Lola pero no tuve esa suerte y mi economía no me permitía gastar dos pesetas para oírlas.

En la estación pude comprobar que, aunque pocos, había algunos trenes que llegaban después de las diez de la noche. Eso fue una gran noticia para mí que, llegado el caso, explicaré a mis lectores pero que ahora prefiero omitir por prudencia, pues no juzgo necesario exponer más de lo imprescindible para la justa comprensión de la historia.

Gramola Pinterest
Gramola. Fuente: Pinterest

Ya de vuelta a la farmacia, el mancebo me asignó las tareas que debía realizar. Su trato hacia mi persona me recordaba al del cabo hacia el soldado:

El cabo, como jefe más inmediato del soldado, se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las faltas de subordinación; le infundirá amor al servicio y mucha exactitud en el desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que pueda y será comedido en su actitud y palabras aun cuando sancione o reprenda.

Lo había oído tantas veces de labios de mi tío Pedro, que terminé por aprenderlo. Contaba mi tío que, estando sirviendo a la patria, tanto él como un compañero de regimiento se carteaban con la misma chica y que ésta, finalmente, se había inclinado por el compañero por la única razón, decía mi tío, de que era cabo y él, en venganza, primero, se aprendió el artículo 4º para demostrarle que él también habría podido ser cabo y después se buscó otra novia. Esa era razón suficiente para convertirlo en mi héroe mientras vivió y, si la suerte me acompaña, espero algún día conseguir los galones que él no pudo. Ese será mi homenaje.

Salvador Luque

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RECURSOS:

— Escuchar Puppet on a string, de Sandie Shaw:

https://www.youtube.com/watch?v=VEoCAUZSfwA

— Escuchar I’m a believer, de The Monkees:

https://www.youtube.com/watch?v=wB9YIsKIEbA

— Escuchar Something stupid, de Frank y Nancy Sinatra:

https://www.youtube.com/watch?v=0f48fpoSEPU

— Escuchar Black is black, de Los Bravos:

https://www.youtube.com/watch?v=060KBHsejNg

— Escuchar Lola, de Los Brincos:

https://www.youtube.com/watch?v=2_tIdYfTtkA

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