EL VIAJERO DEL TIEMPO (I): ¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS? O EL EXTRAÑO QUE DIO CONSEJOS AL AUTOR PARA INVERTIR EN BOLSA

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno oscuras?

 

Sello Lope de Vega
Sello conmemorativo del tercer centenario de la muerte de Lope de Vega. (Fuente: Wikipedia)

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el ángel me decía:

«Alma, asómate ahora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 

Lope de Vega

________________________________________________________________

 

Al día siguiente me levanté con la angustia de no saber qué hacer ni a dónde ir. Aunque límpido para el mundo, el cielo, para mí, estaba gris, y mi alma, desesperada, gritaba cual fiera agónica ante la indiferencia de los pasantes.

Tal vez debería excusarme ante mis lectores por haber comenzado mi relato de la forma en que lo he hecho así como de haber escrito las líneas que siguen, e incluso comprendería su actitud si decidieran saltarse quince o veinte renglones por considerarlos superfluos. Sin embargo, tengo un pretexto para justificar el haberlos incluido en mi narración, y ese pretexto no es otro que mi natural franqueza y mi deseo de veracidad seguro como estoy de que, finalmente, serán del agrado de quien decida seguir el orden natural de esta crónica.

Falto de alguien que guiase mis pasos, perdido y desorientado, erré por la gran ciudad e, instintivamente, entré en una iglesia. No había nadie. Un suave aroma a incienso que invitaba al recogimiento embriagaba el ambiente.

Milo Winter
Ilustración de Milo Winter (1888-1956) para Las mil y una noches. (Fuente: Wikipedia commons)

Aturdido por el penetrante olor, caí en una especie de éxtasis, mi mente retrocedió más de mil años y, como en un sueño, se vio invadida por Scheherezade y el malvado Shahriar e intentaba recrear las notas de Rimski-Kórsakov que tarareaba mi abuela mientras cosía al calor de la lumbre con un enorme gato moteado posado en su hombro izquierdo, y yo, absorto, oía sus relatos mil veces repetidos. Uno de mis preferidos era aquel en que me contaba cómo, allá en São Paulo, supo de la muerte de su padre por mediación de una vecina espiritista que vino a anunciárselo un día de buena mañana. Un mes después recibiría la carta con la triste nueva. Un mes después, cuando ya el padre João había accedido a dedicarle una misa tras el pago de tres reais.

Ensimismado como estaba, el chirrido de la puerta me hizo estremecer volviendo a la realidad, sin embargo, al girar la cabeza observé cómo se cerraba pero nadie entró salvo una bocanada de aire fresco. La inquietud me asaltó. Sabemos que existe el viento, nadie lo ha visto pero lo sentimos, ahora bien, ¿existen los espíritus?, nadie los ha visto pero en aquel momento yo me sentía observado. Presa del desasosiego, sentado en el último banco dirigí mi petición al Todopoderoso: Iudica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine iniquo et doloso erue me.

Ciertamente, el ambiente eclesial está saturado de espíritus que nos contemplan y son capaces de influir en nuestro ánimo.

Vinieron a mi mente los tiempos en que fui monaguillo cuando, antes del oficio, entrábamos en la sacristía y, bajo la vigilancia del sacristán, nos colocábamos las sotanas rojas y los roquetes blancos; instantes después entraba don Antonio y el silencio se imponía mientras recitaba sus oraciones al revestirse: primero el amito, «Impone, Domine, capiti meo galeam salutis, ad expugnados diabolicos incursus»; le seguía el alba; el cíngulo, símbolo de mortificación; el manípulo y la estola cuyos nombres confundía yo frecuentemente, y, finalmente, la casulla, «Domine, qui dixisti: Iugum meum suave est et onus meum leve: fac, ut istud portare sic valeam, quod consequar tuam gratiam. Amen». Esta oración coincidía con el tercer toque y la celebración comenzaba.

El cambista y su mujer
El cambista y su mujer (1539). Marinus van Reymerswaele (1490-1567). Museo del Prado. (Fuente: Wikipedia)

Ante mi sorpresa, advertí que, a pesar de creerme el único mortal en el templo, un hombre se había sentado junto a mí. En otras circunstancias, esto me habría hecho recelar, sin embargo, no teniendo nada que temer y deseoso de poder hablar con alguien que pudiese ayudarme ante el negro futuro que se me presentaba, opté por quedarme con la esperanza de que me dirigiera la palabra. No sé cuánto tiempo pasó pero al cabo me preguntó:

—¿Eres creyente, chico?

—Sí —respondí.

—Yo no lo soy —repuso.

—¿Y qué hace usted aquí? —le pregunté.

—Me gusta observar. Es curioso ver cómo la gente se aferra a creencias irracionales. No acabo de comprender cómo alguien que vivió hace dos mil años puede ejercer una influencia tan decisiva sobre millones de personas.

—Bueno, era el hijo de Dios Todopoderoso —le dije seguro de que mi respuesta le satisfaría.

—Sí, eso ya lo he oído infinitas veces pero yo creo que en realidad era un alborotador.

—También era un alborotador que luchaba contra la injusticia —fue mi respuesta.

Mi ánimo se vio invadido por una gran fortaleza, no por creer que había convencido a mi interlocutor, sino por constatar que yo también era capaz de rebatir sus argumentos. Tu es, Deus, fortitudo mea.

Y señalando a un cuadro donde se representaba la Última Cena, dijo:

—¿Alguna vez te has preguntado si, en realidad, estarían preparando algún complot?, ¿sería posible que Judas fuese un infiltrado?

Ante el temor de que este hombre hiciese estallar los pilares de mi fe, lo único a que podía aferrarme en el angustioso trance en que me encontraba, opté por levantarme e irme, sin embargo, asiéndome por el brazo, el extraño se disculpó y me hizo volver a sentar.

—Aunque tú no me conoces, yo sí te conozco a ti. Sé el mal momento que estás pasando y me gustaría ayudarte.

—Pues yo estoy seguro de no haberle visto nunca —repuse.

—Eso no tiene gran importancia.

El cambista QM
El cambista y su mujer (1514). Quentin Massys (1466-1530). Museo del Louvre. (Fuente: Wikipedia)

Desesperado como estaba y aun siendo consciente de la imprudencia que estaba cometiendo al hablar con un desconocido, decidí permanecer, pues mi necesidad superaba a mis miedos.

—Llevo días observándote y he llegado a la conclusión de que sientes una gran fascinación por el mundo bursátil.

—Si —contesté—, tengo entendido que es un negocio tan enrevesado que podría ser que ni los propios corredores lo comprendan plenamente.

—Efectivamente —añadió—, para poder defenderse en ese mundo y no ser devorado en la primera ocasión se necesita mucho trabajo, mucho estudio, mucha paciencia y mucha disciplina. Son numerosos los que, sin estar adornados por estas cualidades, han osado adentrarse en esa selva y se han topado con la cruda realidad.

Inteligente y observador como parecía ser el extraño, no tardó en darse cuenta del temor que sus palabras producían en mí y, para atizar aún más el fuego, añadió.

—Piensa que para cada una de las miles de operaciones que cada día se llevan a cabo en el palacio de la Bolsa se necesitan un vendedor y un comprador.

—Es evidente —dije con la única intención de advertirle de que seguía su discurso.

—Convendrás conmigo en que las dos partes intervinientes en cada operación esperan obtener un beneficio de la misma.

—Naturalmente.

—Bien, pues en cada una de esas operaciones hay siempre uno que se equivoca. Ya sea el vendedor porque, de mantener sus acciones, hubiese podido obtener un precio más elevado en el futuro, ya sea el comprador, por la razón contraria.

—Nunca se me había ocurrido pensar en ello —respondí con cara de asombro.

—No debes extrañarte pues son demasiados los que nunca han pensado en ello, sin embargo, el simple hecho de saber que la mitad de los miles de intervinientes en el mercado de valores toma decisiones erróneas hará que te pongas en guardia y antepongas la prudencia a la avaricia.

Ante el silencio causado por el estupor que en mí habían generado sus palabras, intentó tranquilizarme:

—Sin embargo, cual funambulista, podrás dotarte de una red.

Los cambistas
Los cambistas (1548). Escuela de Marinus van Reymerswaele. Museo de Bellas Artes de Bilbao. (Fuente: Wikipedia commons)

Como mi silencio se prolongaba, añadió una serie de consejos que yo, con la licencia de quienes me leen, expongo a continuación sin omitir nada salvo el tono grave de su voz que dotaba a sus palabras de una dignidad acorde con el escenario en el que nos encontrábamos, y lo hago con la seguridad de que les serán más útiles a ellos de lo que me han sido a mí:

— Escucha siempre —dijo— el consejo de los prudentes y no desdeñes sus enseñanzas.

— Huye de los embaucadores que, mediante halagos y hermosas palabras, te prometen ganancias fáciles. Que tus pies no pisen los caminos que ellos huellan y no olvides que el engaño se alimenta de la ingenuidad. ¡Cuántos bobos creen sus palabras! ¡Cuántos incautos caen en sus redes!

— Prepárate y confía en tu trabajo, abre tu mente a la perseverancia y a la justicia, sé prudente y disciplinado cuando te hayas trazado un plan porque estas virtudes te protegerán. Por el contrario, su ausencia te conducirá al fracaso.

— Nunca inviertas todos tus ahorros, porque eso es de necios. Guárdate siempre una cantidad tal que, si sufres una adversidad, ningún enemigo pueda observar que tu vida ha cambiado.

— Aprende de tus errores porque la inteligencia no es más que el recuerdo de lo que hemos vivido. No olvides que es la memoria la que nos diferencia de los animales. Para un animal, cada día es el primero porque no recuerda lo que aprendió ayer, pero tú, dotado como estás de memoria, debes aprender de tus errores para no repetirlos.

— No olvides que el triunfador no es más inteligente que los demás, sino más exigente consigo mismo.

— Ten en cuenta que el mercado, en ocasiones, experimenta violentos vaivenes que pueden afectar gravemente a tu patrimonio.

Acto seguido, sin darme tiempo a asimilar sus palabras, me preguntó:

—¿De cuánto dinero dispones?

—De cuarenta pesetas —respondí con rapidez.

—Siento desilusionarte —me dijo—, pero poco podrás hacer con esa suma. Intenta conseguir algo más y nos vemos en este lugar dentro de quince días.

Y, sin más, se marchó. El silencio volvió a apoderarse de la iglesia. Al fondo, cerca del altar mayor, titilaban las mariposas que algún devoto había encendido. Y yo, fascinado por mi nueva conocencia e intentando superar la angustia que me invadía por lo incierto de mi porvenir, salí a la calle dispuesto a comerme el mundo.

Salvador Luque

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RECURSOS

— Escuchar online Scheherezade, de Rimski-Kórsakov, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Valery Gergiev:

https://www.youtube.com/watch?v=SQNymNaTr-Y

— Escuchar online el soneto ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?, de Lope de Vega, recitado por Alberto Closas:

https://www.youtube.com/watch?v=iRMm7dkec0Q

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2 comentarios en “EL VIAJERO DEL TIEMPO (I): ¿QUÉ TENGO YO QUE MI AMISTAD PROCURAS? O EL EXTRAÑO QUE DIO CONSEJOS AL AUTOR PARA INVERTIR EN BOLSA

    1. Sr. Alejandro Bovino Maciel:
      Ante todo, quisiera agradecerle su comentario que tanto enriquece el blog al tiempo que me llena de satisfacción.
      Efectivamente, lleva usted razón en el hecho de que tal vez un gato posado en el hombro de una mujer mayor pueda resultar demasiado pesado y debo confesarle que yo mismo lo pensé cuando lo escribí. Sin embargo, opté por colocarlo en el hombro porque así es como recuerdo a mi abuela. Supongo que el haber recorrido medio mundo en aquellos años de penurias la fortaleció.
      Un saludo.

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