BIBLIOTECA BÁSICA DEL TRADER (II): LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER (MARK TWAIN)

Título: Las aventuras de Tom Sawyer

Autor: Mark Twain

Género: Novela

tom-sawyer-portadaEditorial: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes / Edición digital basada en la 12ª edición de Madrid, Espasa-Calpe, 1997 (Colección Austral; 212)

Lugar de edición: Alicante

Año de edición: 2005

Traductor: Torroba, José

Año de la primera edición (inglés): 1876

Leer la obra en línea en inglés: http://www.planetpublish.com/wp-content/uploads/2011/11/The_Adventures_of_Tom_Sawyer_NT.pdf

Leer la obra en línea en español: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/las-aventuras-de-tom-sawyer–0/html/

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Ilusionado como estaba por mi nuevo trabajo, cada mañana me levantaba ansioso por llegar ya que, como mil veces me había repetido mi madre, si no eres el mejor, al menos debes ser el primero y así, diligente, partía cada mañana sin esperar a mis dos amigos que, poco a poco, comenzaban a desentenderse de mi. Aunque no me agradaba esta situación, la aceptaba.

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Pese a no ser el camino más corto para ir a la colchonería, solía pasar por la plaza de la Lealtad con la única intención de ver a aquellos hombres encorbatados y elegantes que, maletín en mano, se adentraban en aquel majestuoso palacio al que yo jamás tendría acceso. En mi fuero interno, estaba seguro de encontrar entre ellos, algún día, al boticario de Llivia.

No lo he encontrado hasta el día de hoy, sin embargo, ese día me aguardaba una desagradable sorpresa.

Al llegar a la colchonería me esperaba el dueño, aquel que un día me asombró por sus conocimientos, aquel que iba camino de convertirse en un modelo a seguir por mi, ávido de referencias que pudiesen encauzar mi rumbo, como ya se había convertido el boticario de Llivia.

—Chico —me dijo—, creo que no has nacido para este oficio, espero que tengas suerte y encuentres otro trabajo.

Y, alargando la mano, me entregó cinco duros que, junto a otros cinco que guardaba en el pañuelo, constituían todo mi capital.

Desconcertado, me dediqué a deambular por Madrid sin saber qué hacer ni a dónde ir. Cansado, aturdido y asustado, opté por sentarme en un banco apartado como queriendo ocultar mi pena y me puse a hacer cuentas: 31 pesetas para el viaje de vuelta a Málaga y 13 que le debía a la patrona, tenía lo justo para comer algo y volver a casa, cabeza gacha, como antaño había vuelto mi abuelo, pero al menos él tuvo los arrestos necesarios para dar la vuelta al mundo. Arrestos que, según me contaba, fueron siempre una característica familiar, sin embargo, estaba convencido de que dicha determinación planeaba saltarse una generación y ello me entristecía mucho más al pensar que en algún lugar del universo me estaba observando y avergonzándose de mi.

Tal vez he debido ocultar a mis lectores estas confesiones íntimas, pero mi sinceridad y el deseo de que puedan ponerse en mi lugar para comprenderme me obligan a manifestarlas.

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Faltaban aún más de cinco horas para que el tren partiera hacia la Ciudad del Paraíso pero decidí acercarme a la estación. Sabía que antes de tomar el tren tendría que pasar por la pensión a reglar mis cuentas y recoger mi hato pero la esperanza de encontrar a Nicolás o a Luterio me hizo posponer la visita a la patrona.

No los encontré. Desorientado, quedé inmovilizado por mi penosa situación. Atormentado por negros pensamientos, torturado por tristes recuerdos, angustiado por mi incierto futuro, todo el cielo se oscureció. De pronto, unos niños que jugaban a la tula tuvieron la desfachatez de tirarme al suelo en sus carreras y eso me hizo volver del ensimismamiento en que me encontraba. Habían dado las tres y el tren de Noega acababa de salir. El hambre, que siempre fue mala consejera, me hizo gastar siete pesetas en un trozo de pan con salchichón. Una bandada de pájaros revoloteaba en la plaza a mi alrededor esperando alguna migaja. Lleno el estómago, constaté que ahora me faltaba una peseta para el billete de vuelta a casa y, lejos de amedrentarme, me marché con la única intención de buscar una librería y comprar un libro del que había oído hablar al boticario de Llivia, se trataba de Las aventuras de Tom Sawyer, un libro que, según el licenciado, me ayudaría a entender el funcionamiento del mercado de valores, sobre todo, para prever la reacción de los inversores ante la publicación de resultados de las sociedades cotizadas. Recuerdo, como si hubiese ocurrido hoy mismo, cuando en aquella habitación de atmósfera sofocante donde el romero, la menta, las ortigas, la manzanilla, la prímula o la hierba de San Juan mezclaban sus olores con los aceites de lavanda, de sándalo, de bergamota y de enebro creando una atmósfera que me transportaba a las historias que, siendo niño, me contaba mi abuela al calor de la chimenea, el cura le preguntó cómo era posible que la cotización de una sociedad subiese tras publicar unos malos resultados, a lo que el boticario respondió:

—No olvide usted, padre, que, como dijo Campoamor,

En este mundo traidor,

nada es verdad ni mentira

todo es según el color,

del cristal con que se mira.

—Aclare lo que quiere decir —insistió el cura.

—Lo entenderá usted fácilmente —le respondió el boticario—. Si los resultados son menos malos de lo esperado, los inversores, eufóricos, se lanzarán a comprar títulos de la sociedad en cuestión; por el contrario, si una sociedad publica unos resultados menos buenos que los previstos, los inversores se alejarán de ella y así nos encontramos sociedades que suben aún estando en pérdidas y, al contrario, sociedades que bajan, aún produciendo beneficios.

—Si es así —volvió a intervenir el cura—, resulta curioso el comportamiento de los inversores.

—Permítame usted, señor cura, que le recomiende una lectura —añadió el boticario antes de dar el tema por zanjado—, lea Las aventuras de Tom Sawyer y observe cómo presenta el protagonista a sus amigos el castigo que le ha impuesto su tía. Lo hace de forma que parece una recompensa hasta el punto de que todos ellos están ansiosos por llevarlo a cabo.

Sus ojos brillaban delatando que en su fuero interno se sentía vencedor y, dando una larga calada a su pipa, se mostró satisfecho de su perorata y de la convicción con que la había expuesto.

Recuerdo que en aquel momento sentí la tentación de sonreír pero opté por contenerme ante la posibilidad de que el cura interpretase mi sonrisa como un desprecio a su incultura, yo que apenas sabía firmar.

Cuando, finalmente, encontré el libro en una librería aledaña a la plaza Mayor, lo compré y, con una euforia impropia en mi, me dirigí a la pensión. No volvería cabeza gacha, no sin antes haber dado la vuelta al mundo. Así de imprevisibles son los genios que, misteriosamente, cambian nuestro espíritu en un momento.

Y atribulado como siempre he sido comencé a leer por el segundo capítulo:

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Capítulo II

Llegó la mañana del sábado y el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos, anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia saturaba el aire.

El monte de Cardiff, al otro lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.

Tom apareció en la calle con un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y una aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto continente de cerca sin encalar, y se tom-sawyer-jimsentó sobre el boj, descorazonado. Jim salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando «Las muchachas de Buffalo». Acarrear agua desde la fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible; pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y negros, esperando vez, y entretanto holgazaneaban, hacían cambios, reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta Jim con una balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:

-Oye, Jim: yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo. Jim sacudió la cabeza y contestó:

-No puedo, amo Tom. El ama vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase, y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de lo mío…, que ella se ocuparía del encalado.

-No te importe lo que haya dicho, Jim. Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Ya verás cómo no se entera.

-No me atrevo, amo Tom. El ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!

-¿Ella?… Nunca pega a nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza mucho, pero aunque hable no hace daño, al menos que se ponga a llorar. Jim, te daré una canica. Te daré una de las blancas.

Jim empezó a vacilar.

-Una blanca, Jim, y es de primera.

-¡Anda! ¡De ésas se ven pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.

Pero Jim era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas; Tom enjalbegaba con furia, y la tía Polly se retiraba del campo de batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los ojos.

Pero la energía de Tom duró poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían asueto pasarían retozando, camino de las tentadoras excursiones, y se reirían de él porque tenía que trabajar…, y esta idea le encendía la sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdicios heterogéneos; lo bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió, pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y desesperado momento sintió una inspiración. Cogió la brocha y se puso tranquilamente a trabajar. Ben Rogers apareció a la vista en aquel instante; de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y zapatetas, señal evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y profundo «ti-lín, ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín, ti-lón», porque venía imitando a un vapor del Mississipi. Al acercarse acortó la marcha, enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque estaba representando al Gran Missouri y se consideraba a sí mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.

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-¡Para! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! (La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a la acera). ¡Máquina atrás! ¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos rígidos, pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor! ¡Ti-lín-lin-lin! ¡Chu-chu-chu! (Entretanto el brazo derecho describía grandes círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro). ¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!… (El brazo izquierdo empezó a voltear). ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor! ¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín! ¡Chistsss!… (Imitando las llaves de escape).

Tom siguió encalando, sin hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:

-¡Je, je! Las estás pagando, ¿eh?

Se quedó sin respuesta. Tom examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana, pero no cejó en su trabajo.

-¡Hola, compadre! -le dijo Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?

-¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No te había visto.

-Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará.

Tom se le quedó mirando un instante y dijo:

-¿A qué llamas tú trabajo?

-¡Qué! ¿No es eso trabajo?

Tom reanudó su blanqueo y le contestó, distraídamente:

-Bueno, puede ser que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.

-¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que a ti te gusta?

La brocha continuó moviéndose.

-¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?

tom-sawyer-3Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo

-Oye, Tom: déjame encalar un poco.

Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder, pero cambió de propósito.

-No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves…, mi tía Polly es muy exigente para esta cerca, porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.

-¡Quia!… ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco, nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom.

-De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly… Mira Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!

Anda…, ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.

-No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo…

-¡Te la doy toda!

Tom le entregó la brocha, con desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex vapor Gran Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a Billy Fisher por una cometa en buen uso; cuando éste se quedó aniquilado, Johnny Miller compró el derecho por una rata muerta con un bramante para hacerla girar, y así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde, Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado, doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo, un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa, en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres manos de cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada, habría hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.

tom-sawyer-5Tom se decía que, después de todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiese sido un eximio y agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer, sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores artificiales o andar en el tread-mill es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blanc no es más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.

Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain)

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En este momento siento un poco de rubor por las numerosas confidencias que he hecho a mis lectores, pero, seguro como estoy de que serán indulgentes conmigo, sólo espero que nunca las utilicen contra mi.

Salvador Luque

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