LA OLA VERTICAL O EL ELOGIO DEL POLÍTICO MEDIOCRE

Después Dios dijo: «Que haya luces en el firmamento del cielo para poder así separar el día de la noche y para que sirvan para señalar los días, los años y las festividades.

genesisQue estas luces estén en el firmamento para alumbrar la tierra».

Y así sucedió.

Dios hizo dos grandes luces: la más grande para gobernar el día y la más pequeña para gobernar la noche. También hizo las estrellas.

Dios puso estas luces en el cielo para darle iluminación a la tierra, para que las dos gobernaran, una durante el día y la otra durante la noche; y para separar la luz de la oscuridad.

Y Dios vio que estaba muy bien esto que había hecho.

Luego llegó la tarde y después la mañana.

Ese fue el cuarto día.

(Gn 1,14-19 Versión Palabra de Dios para todos)

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—Si decides entrar en el tortuoso mundo de la Bolsa de valores —me dijo el boticario—, deberás estar al corriente de los asuntos públicos pues, aunque estos suelen estar dirigidos por gente inepta e ignorante, debemos aceptar la realidad en que nos ha tocado vivir. No es extraño ver cómo cuanto más importante, serio y delicado es un asunto, tanto más inepto es el político que lo dirige, siendo su mayor mérito el haber sabido huir, si alguna vez lo ha encontrado, de cualquier político humilde, trabajador, abnegado y dispuesto a servir al pueblo ya que un tal político podría contagiar la humildad y ello le convierte en una mala compañía, alguien bajo cuya protección es imposible prosperar. Admiradores de Talleyrand, que supo elevar el arte de la política hasta la sublimación, los políticos mediocres están dispuestos, como él, a traicionar a todo aquel al que han servido con tal de medrar. Y así, su primer objetivo consiste en buscar un político ambicioso para poder progresar a su sombra. ¡Feliz el que logra ser admitido!

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Retrato de Talleyrand, por François Gérard (1770-1837)

Pensé en llamarle maestro por lo mucho que me había enseñado en los pocos días en que tuve la suerte de convivir con él, sin embargo, reprimí este impulso para no alimentar su ego, pues, como él mismo me había dicho, no es extraño que el egoísmo conduzca a la perversión. Así, moderando mi instinto, osé replicarle.

 

—Pero señor, tal vez esté usted siendo demasiado severo con los políticos pues, al fin y al cabo, trabajan por el progreso de la sociedad, por el bien común.

—Has de saber que estás en un error, joven. La mayoría de ellos, desde que, allá en su más tierna juventud, entran en el semillero de los partidos políticos que son las organizaciones juveniles, saben que a la ambición hay que llamarla vocación. ¡Cuántos de estos jóvenes llevan en la cabeza el jarrón de leche! Darwin tenía razón, la selección natural va eligiendo a aquellos militantes que saben cómo llegar a concejal, a aquellos concejales que saben cómo llegar a alcalde, a aquellos alcaldes que saben cómo llegar a ministro. Llega el momento de soñar. ¡La presidencia está a un paso! Mediocres como son, saben arrimarse al sol que más calienta. Revolotean alrededor de los que ya han llegado como las moscas lo hacen sobre un plato de miel; miembros de la camarilla que los rodea, comienzan a contar con sus propios palmeros y será el número de éstos el que indique su poder como el número de hembras de la manada lo hace con el macho alfa. Hay que hacer guardia y mantener el orden alrededor del macho. La camarilla es el poder del político mediocre.

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Caricatura anónima de Talleyrand (1815)

—Por sus palabras colijo —repuse— que a lo que usted llama camarilla no es otra cosa que un rebaño de personas. ¿Es así?

 

—Efectivamente —me contestó—, pues también podría haberlos llamado rebaño, hato o manada, ya que no piensan, limitándose a seguir ciegamente las instrucciones de sus jefes.

—Sin embargo —repuse—, he oído decir que la manada es un nido de solidaridad y cooperación.

En un tono que me hizo pensar que estaba perdiendo la paciencia conmigo, me respondió:

—Vuelves a equivocarte otra vez pues no hay nada más lejos de una camarilla de políticos que las dos virtudes que acabas de nombrar. Si bien es cierto que critican en público a sus adversarios ideológicos, no es menos cierto que en su fuero interno saben que su mayor enemigo es su correligionario. Así, no dudan en ponerse zancadillas utilizando las excusas más nimias. Sabedores de todo esto, los poderosos, para mantener su influencia, distribuyen dádivas a su alrededor haciendo progresar a su entorno al tiempo que lo hacen ellos mismos y los menganos las aceptan como señal de que se ha caído en gracia, condición sine qua non para alcanzar una concejalía. Es el inicio de la carrera. Simbiosis. Y, cual gota de aceite sobre un tejido, la camarilla crece a medida que lo hace su estrella.

—Me temo, señor boticario —osé decir—, que si la cosa es como usted la pinta, poco debemos confiar en la palabra de un político.

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Ilustración de F.A. Fraser (1846-1924) para la obra Grandes esperanzas, de Charles Dickens

 

—Bueno, hijo mío —me respondió en un tono más amable—, creo que estás empezando a comprender, si bien, he de advertirte que si sus palabras son traicioneras no así sus gestos, pues conviene que sepas que nuestro cuerpo habla con más sinceridad de la que en ocasiones desearíamos y quiero confesarte, querido amigo, que hace unos días estuve viendo en televisión el discurso del candidato a presidente de Gobierno. Y digo viendo porque decidí prescindir de la voz y centrarme en la imagen. Una imagen vale más que mil palabras. Antes que nada he de aclararte que hice esto no por mi sordera sino porque, parafraseando al poeta, las palabras, como los suspiros, son aire y van al aire y quise ahorrarme escuchar lo ya escuchado con anterioridad. Sin embargo, tras el discurso llegó la exaltación de Víctor Hugo. Los suyos estallaron en un aplauso. Los suyos, políticos mediocres, como mediocres son otros muchos de los allí presentes. Terminado su discurso —prosiguió—, el candidato bajó del estrado, llegó a su escaño y se sentó. Los aplausos continuaron y el candidato se dignó levantarse un instante para saludar cual matador merecedor de un trofeo. Se volvió a sentar y los aplausos continuaron. El sol que más calienta merece un gran aplauso. Y el sistema solar se reflejó en el Parlamento. Cada sol tiene su sistema, planetas que giran a su alrededor; son los ministros. Cada planeta tiene sus satélites, también los ministros tienen los suyos. El número de planetas es proporcional a la fuerza del sol en torno al que giran. De la misma forma, el número de satélites está en relación a la importancia de cada planeta, de la proximidad de éste al sol. Instantes después de hacerlo el sol se sentó la vicepresidenta en funciones, es el mayor de sus planetas, y acto seguido lo hicieron los demás planetas, los ministros, los que ocupan el banco azul. Y ahí dio comienzo la ola vertical. Es sabido que a veces, cuando la ocasión lo merece, se produce en los estadios la ola. Es una ola horizontal que recorre todo el anillo que forman las graderías, cada espectador se levanta instantes después de que lo haya hecho el que está a su lado, su igual. Es algo que me fascina, ¿cómo nace esta ola que recorre todo el estadio? Sin embargo, la ola parlamentaria es una ola vertical, comienza en los escaños inferiores y termina en los situados arriba, en el gallinero. ¡Cuánto cuesta progresar! Cada fila que se baja en el hemiciclo es un peldaño que se sube en la carrera política. Como cualquier carrera, también ésta tiene sus aspirantes que cortejan a los que ya han llegado. La ola vertical forma parte de este cortejo. Es un rito una y mil veces repetido. Los ritos son importantes porque son otra forma demostrar que se acata la jerarquía. La ola vertical la comienza el sol, la continúan los planetas, la siguen los satélites y la terminan los menganitos. Yo habría utilizado la palabra satelitoides para referirme a estos últimos —me dijo el boticario de Llivia—, pero he optado por llamarles menganitos porque es una palabra aceptada por la Real Academia y no quiero entrar en disquisiciones lingüísticas que interrumpan mi narración ya que este detalle no altera en nada el fondo de lo que quiero decir, así, cuando se hubieron sentado los planetas del banco azul, aún continuaban de pie, aplaudiendo, los satélites, la segunda fila, a pesar de que alguno de ellos, tal vez por descuido, hizo ademán de sentarse antes que los planetas pero, rápido de reflejos, supo rectificar. Hay que respetar la jerarquía. Llegado su turno, se sentaron. A continuación dejaron de aplaudir y se sentaron los ocupantes de la tercera fila y así, una tras otra, se fueron sentando las demás filas, siempre guardando el orden, sin atreverse a hacerlo antes que la fila anterior. Hay que respetar la jerarquía. Una vez más, el sistema solar victorhuguiano había funcionado a la perfección. La ola vertical se había producido respetando los cánones.

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Saturno devorando a uno de sus hijos, de Goya (1746-1828)

Dicho esto, el boticario de Llivia pareció sumirse en un sueño y yo aproveché igualmente no para dormir, sino para soñar, y en mi sueño me convertí en filósofo:

—Para la multitud, éxito y supremacía tienen el mismo perfil. Pero éxito debería ser sinónimo de talento. Talento debería ser sinónimo de capacidad. Capacidad debería ser sinónimo de servicio. El que triunfa es admirado, pero, en ocasiones, la admiración no es más que miopía. No es grave llegar el primero siempre que sea yo. La vulgaridad se vanagloria de sí misma y aplaude la vulgaridad. El arribista que logra su objetivo, sin importar cuál es ni cómo lo ha logrado, es aclamado por una pléyade de lameculos que, en lo más profundo de su ser, sólo aspiran a ocupar un día su lugar.

Y al despertarme, pensé que no somos tan diferentes los que buscan estrellas en el firmamento y los que buscamos tréboles de cuatro hojas allá por donde vamos, errabundos como somos.

Salvador Luque

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