EL EFECTO TOM SAWYER (II): DONDE SE DEMUESTRA QUE TODAS LAS SITUACIONES TIENEN VARIOS PUNTOS DE VISTA Y QUE EL HOMBRE ELIGE FRECUENTEMENTE EL PEOR O EL PROBLEMA IRRESOLUTO DEL REPARTO DE OCHO PESETAS

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.Don Quijote y los molinos

—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:

—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra)

__________________________________

En deuda como estoy con mis lectores, me propongo añadir un nuevo capítulo en el que prosiga la explicación del efecto Tom Sawyer que no es otra cosa que una percepción diferente y muchas veces equivocada de los datos de que disponemos.

Y llegados a este punto, creo muy a propósito relatar a mis lectores mi primer viaje a la capital del reino; viaje al que me abocó mi suerte y mi resolución de buscar nuevos horizontes y en el que quedó palmariamente demostrado que, como sostiene el dicho, el ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona.

Ocurrió, años ha, que habiendo tenido noticias de que un grupo de hombres preparaba un viaje a Madrid, decidí pedir la autorización de mis padres para sumarme al mismo. Éstos, viendo que por una vez tomaba una iniciativa, accedieron no sin antes darme una serie de consejos que bien podrían resumirse en la recomendación de prudencia y en el ruego encarecido de que procurase permanecer siempre entre el común de la gente pues, el pasar inadvertido sería una gran suerte para mí y augurio de tiempos mejores. Después de comer un buen cucharro que me había preparado mi madre, nos abrazamos y vertimos algunas lágrimas, especialmente mi madre. Así me despedí de ellos para unirme al grupo expedicionario compuesto por dos hombres maduros, dos jóvenes y yo que, por las apariencias, debía ser el más joven de todos.

Al llegar a la estación encontré a los dos mozos que cuidaban las talegas de todo el grupo mientras, unos pasos más allá observé cómo los dos hombres compartían, giste chorreante, una botella de cerveza.Vagon Daumier

Solté mi morral y permanecí junto a mis dos compañeros sin atreverme a saludar a los mayores ya que la prudencia es una de las virtudes que me enseñaron mis progenitores. Aunque los tres permanecimos un buen rato juntos, sólo intercambiamos los saludos ya que, tanto ellos como yo, éramos bastante parcos en palabras.

Ya en el tren, constaté que viajaban en el vagón tres personas más, dos hombres que, por las apariencias, debían ser amigos y una chica que viajaba sola.

Aunque no era mi primer viaje en tren, sentía una emoción especial mezclada con la angustia de no haber confesado como me había advertido mi madre. Sin embargo, en mi fuero interno me prometí hacerlo una vez llegado a Madrid en agradecimiento al Creador y por respeto a mis padres.

Pronto se estableció un diálogo entre los ocupantes del vagón que hizo el viaje bastante ameno aunque, en realidad, los únicos que departían eran los cuatro adultos.

La chica, por su parte, repetía una y otra vez, insistente y aburrida, con un discurso plano cual cinta de Moebius sonora, una monótona letanía informándonos de que en su pueblo había nacido Isabel la Católica.

Sin embargo, los dos extraños, les llamaré así aunque no conocía a mis compañeros mejor que a ellos, tenían el don de atraer la atención de los demás con sus palabras.

Era el caso, según contaron, que viniendo en autobús desde Isla Verde, hubieron de compartir sus viandas con un extraño que, al parecer, no tenía qué comer y éste les pagó ocho pesetas que ahora intentaban repartir de la forma más justa posible.

Viajábamos en tercera clase y nuestro tren no debía ser muy diferente de aquel primero que surcó suelo español entre La Habana y Bejucal la festividad de san Edmundo de 1837. De asientos duros como piedras, el traqueteo constante me hacía sospechar que sería difícil conciliar el sueño llegada la noche.Caminito_del_Rey

Debían ser las siete de la tarde cuando el tren atravesaba los impresionantes desfiladeros penibéticos. En un momento determinado pude observar una especie de pasillo colgado en una imponente pared vertical que, según mis compañeros, no era otra cosa que el Caminito del rey, un itinerario para aventureros osados ya que, según decían, era la ruta más peligrosa que se conocía en el orbe y yo, a juzgar por lo que vi no lo puse en duda.

Sé que algunos lectores podrán tacharme de exagerado dada mi doble condición de andaluz y de viajero, pero ese temor me ha inclinado a no detenerme en la descripción de tal senda a riesgo de provocar el enfado de los más inquietos.

La charla entre los adultos se animaba a intervalos ya que cada túnel marcaba una pausa. El humo nos obligó a cerrar las ventanillas, lo que provocó un enorme bochorno aún más molesto que el terral que habíamos dejado atrás.

Superado el enorme macizo, el tren se adentró en una zona donde alternaban olivares y viñedos.

A mí me resultaba curioso ver cómo cada vez que se apagaba la conversación, los dos extraños retomaban el reparto de las ocho pesetas. El uno pretendía que lo más justo fuese quedarse con cuatro pesetas cada uno, mientras el otro pretendía que lo más equitativo sería que él guardase cinco pesetas y el otro tres. Al parecer, habían compartido ocho tortas con el viajero, uno de ellos había aportado cinco y el otro tres, de ahí el reparto de las monedas que cada cual proponía.

Yo, aunque permanecía en silencio desde mi subida al tren, pensaba en cuán desmedida es en ocasiones la ambición del hombre y rompí mi mutismo para persuadir de su error al primero de ellos pues, como he de confesar francamente, mi sentido de la justicia me impedía disimular mi desacuerdo. Pero es inherente a la condición humana que cada cual se enorgullezca de sus propias ideas y desprecie las ajenas y así pude observar que, a pesar de que la mayoría de los presentes asentía ante mi parecer, la chica a la que me he referido anteriormente posaba en mí una mirada fría, como de desaprobación, aunque ello no me afectó grandemente ya que el juicio que sobre ella me había formado no era excesivamente positivo. Sin embargo, y muy a mi pesar, más adelante cambiaría de opinión debido a un detalle que relataré en su momento y que, de omitirlo, cualquiera podría tacharme de injusto.

La noche se acercaba, cada cual había sacado algunas vituallas que, según colegí, debían estar aderezadas con la salsa de san Bernardo y cuando algunos de nosotros comenzábamos a dar cabezadas, apareció el revisor. Tras él se hizo el silencio. Uno tras otro fuimos cerrando los ojos, nadie se atrevió a hablar y así, acompañados de un monótono zarandeo, vimos rayar el sol bien adentrados ya en la Meseta.

Al despertar, y ante la extrañeza de la mayoría de nosotros, pude comprobar que éramos muchos más viajeros y que, en cambio, los dos extraños habían desaparecido ya que, según algunos de los presentes, se habían bajado en Córdoba.Libreria

Pero, así como el Sol activa la función clorofílica de las plantas, también activó a la madrigaleña que, retomando el problema de las ocho pesetas, nos dio una disertación sobre la irracionalidad del hombre, incapaz como es de actuar de forma lógica ante situaciones extremadamente sencillas y así nos planteó dos cuestiones. En la primera de ellas nos preguntó qué haríamos si estuviésemos en una librería dispuestos a comprar un libro valorado en veinticinco pesetas si en ese momento un amigo con el que hubiésemos coincidido nos dijese que en otra librería, situada a quince minutos, el mismo libro costase quince pesetas. La mayoría de los viajeros estuvimos de acuerdo en que iríamos a la otra librería.

Acto seguido, la morañega nos planteó otra situación. Quería saber qué haríamos en el caso en que estuviésemos en una tienda para comprar una bicicleta valorada en mil quinientas pesetas cuando el mismo amigo nos dijese que en otra tienda, situada a quince minutos, la misma bicicleta costase mil cuatrocientas noventa pesetas, a lo que la mayoría de nosotros respondimos que no merecía la pena ir a la otra tienda.

—Entonces, —nos preguntó— ¿cuánto valen quince minutos de su tiempo, señores?

Yo, al igual que la mayoría de los viajeros, quedé estupefacto y comencé a pensar que aquella chica era una grata y juiciosa compañía.

—Efectivamente, —dijo uno de los viajeros que no hacía mucho que había subido al tren— es frecuente en el hombre valorar aquello de lo que dispone en función de la información que se le haya proporcionado sin detenerse a analizarla.

—Estoy de acuerdo con usted, —añadió otro viajero— pues no es infrecuente ver cómo alguien ofrece por un producto un precio mayor al que ofrecía momentos antes y, viceversa, también he oído cómo hay gente que vende un objeto por un precio inferior al que pudo haber obtenido poco antes.Susurro

Llegados a Madrid, se me acercó la chica y aproximando su cara a la mía como quien promete un beso, me susurró al oído:

—Ninguno de los viajeros ha sabido repartir ocho pesetas. Y usted tampoco.

—Entonces, ¿cuál es el reparto justo? —le pregunté.

Pero ya había desaparecido de mi vista.

Salvador Luque

Anuncios

2 comentarios en “EL EFECTO TOM SAWYER (II): DONDE SE DEMUESTRA QUE TODAS LAS SITUACIONES TIENEN VARIOS PUNTOS DE VISTA Y QUE EL HOMBRE ELIGE FRECUENTEMENTE EL PEOR O EL PROBLEMA IRRESOLUTO DEL REPARTO DE OCHO PESETAS

  1. Suponiendo que los 3 comieran la misma cantidad, el reparto justo es 1 peseta para el que aportó 3 tortas y 7 pesetas para el que aportó 5 tortas.

    Entre los 3 comieron 8 tortas, es decir cada uno comió 8/3 de tortas. El de las 5 tortas tenía 15/3 de tortas y el de 3 tenia 9/3. Como cada uno de ellos comió 8/3 de sus propias tortas, cedieron respectivamente 7/3 y 1/3 de tortas al viajero hambriento.

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola Daniel:
      Ya me hubiera gustado a mí haber resuelto el problema con la facilidad con la que lo ha hecho usted y haberlo explicado con la claridad con que lo ha explicado usted.
      Un saludo y muchas gracias por participar en el blog.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s