EL EFECTO TOM SAWYER (I): CUANDO LAS EMPRESAS MANIPULAN A LOS INVERSORES O DEMOSTRACIÓN FEHACIENTE DE QUE DOZUNI ERA UN GRAN PSICÓLOGO

—¡Hola, compadre! —le dijo Ben—. Te hacen trabajar, ¿eh?

—¡Ah!, ¿eres tú, Ben? No te había visto.

—Oye, me voy a nadar. ¿No te gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te gustará.

Tom se le quedó mirando un instante y dijo:

—¿A qué llamas tú trabajo?

—¡Qué! ¿No es eso trabajo?

Tom reanudó su blanqueo y le contestó distraídamente:

—Bueno; puede que lo sea y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom Sawyer.

—¡Vamos! ¿Me vas a hacer creer que te gusta?

La brocha continuó moviéndose.

—¿Gustar? No sé por qué no va a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los días?

Aquello puso la cosa bajo una nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom, movió la brocha, coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el efecto; añadió un toque allí y otro allá; juzgó otra vez el resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo:

—Oye, Tom: déjame encalar un poco.

Tom reflexionó. Estaba a punto de acceder; pero cambió de propósito:

Tom Sawyer 2—No, no; eso no podría ser, Ben. Ya ves…, mi tía Polly es muy exigente para esta cerca porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le preocupa esta cerca; hay que hacerlo con mucho cuidado; puede que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil que pueda encalarla de la manera que hay que hacerlo.

—¡Quiá!… ¿Lo dices de veras? Vamos, déjame que pruebe un poco; nada más que una miaja. Si tú fueras yo, te dejaría, Tom.

—De veras que quisiera dejarte, Ben; pero la tía Polly… Mira: Jim también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió. ¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca y ocurriese algo!…

—Anda…, ya lo haré con cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.

—No puede ser. No, Ben; no me lo pidas; tengo miedo…

—¡Te la doy toda!

Tom le entregó la brocha con desgana en el semblante y entusiasmo en el corazón. Y mientras Ben trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó allí, cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de los más inocentes. No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a burlarse, pero se quedaban a encalar.

Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain)

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El invierno de 1946 fue especialmente frío en Andalucía. Fueron muchas las mañanas que mi padre me despertó para ver un espectáculo que me fascinaba como era abrir la puerta y verla toda llena de nieve, abrir las ventanas y verlas todas llenas de nieve, subir corriendo para abrir la terraza, y verla toda llena de nieve, sin ver la calle. Siempre han permanecido en mí esas imágenes.

Igualmente han permanecido las imágenes de los animales caminando solos por las calles hacia el lugar de reunión. Caballos, mulos y burros hacia La Charca, donde se formaba la borricada; cabras, hacia la plaza, allí las esperaba el cabrero. El porquero, por su parte, iba de casa en casa recogiendo los cerdos y yo nunca comprendí el por qué.

Parece que fue ayer, mis amigos y yo mismo nos hemos marchitado, mis recuerdos, no.

Era enero. Corríamos hacia la escuela todos con sacos en la cabeza para resguardarnos de la lluvia. Así, cada mañana las calles eran un hormiguero atestadas como estaban de niños y animales cada uno a su destino. Mientras, en algún pajar podía verse a algún hombre sacando un herpil por la piquera para la lumbre.

De los niños se encargaba Dozuni. Hubieron de pasar más de veinte años antes de saber que, en realidad, era don Sunifredo.

Dozuni era enjuto, tan erguido al caminar que daba la impresión de estar inclinado hacia atrás, siempre mirando de reojo, siempre con un cigarrillo en la boca. Cuando los niños lo veíamos por el pueblo huíamos despavoridos en dirección opuesta. Sin embargo, a pesar de que su figura infundía terror en mí, siempre le he estado agradecido pues fue capaz de enseñarme a leer, escribir y contar y así he podido valerme en la vida. ¡Mal haya el que hable mal de un maestro!

EneroBrazo en alto, cada día, al entrar, nos hacía cantar el Cara al Sol. Y cada día, los niños esperábamos ansiosos los tres golpecitos que su asistenta daba en la puerta para indicarle que tenía el desayuno preparado, pues la escuela no era más que un gran salón de su casa. Cuando Dozuni salía reinaba el jolgorio, sesenta niños de todas las edades gritaban, saltaban, cantaban. Merecía la pena ir a la escuela sólo por disfrutar esos minutos. Pero, cuando la puerta se volvía a abrir, el silencio se imponía, toda la clase se estremecía como sacudida por un escalofrío.

Ocurrió que un día Dozuni nos sorprendió a todos.

—¿Quién ha hablado durante mi ausencia? –preguntó.

Aterrados como estábamos, el silencio se hizo aún mayor.

Nadie respondió.

—¿Quién ha hablado durante mi ausencia? —volvió a preguntar.

De repente, tras repetir la pregunta una tercera vez, Claudio se levantó, se dirigió a la mesa del maestro y dijo: ¡yo!

El estupor nos inundó a todos. Había nacido un héroe y esa aureola acompañó a Claudio hasta su muerte. Desde ese día, todos nosotros hubiéramos hecho cualquier cosa por él excepto jurar en vano. Ciento veinte ojos estaban clavados en él y cinco segundos de silencio parecieron una eternidad. Fuera, la nieve; dentro, el tintineo de una gotera al caer a una vieja lata que Dozuni había colocado para que no se formase un charco. Sin embargo, ante la sorpresa general, Dozuni tomó un caramelo de su bolsillo y se lo dio a Claudio. Aquello superaba todo cuanto hubiésemos podido imaginar.

Escuela antiguaAl día siguiente todo se repitió. Caballos, mulos y burros se reunieron en La Charca, las cabras en la plaza, el porquero recogió los cerdos casa por casa y los niños fuimos a la escuela.

Al oír los tres golpecitos en la puerta, Dozuni salió y la algarabía imperó nuevamente en el aula con mayor alboroto aún, si cabe.

Al volver, Dozuni volvió a preguntar

—¿Quién ha hablado durante mi ausencia?

Y todos los niños salimos corriendo hacia él.

Pero ¡ay de nosotros que nos habíamos creado una falsa ilusión como acto seguido se demostró!

Dozuni nos puso a todos en fila, sacó su regleta y, uno a uno, nos dio a cada uno un buen par de palmetazos.

Esa vivencia me ayudó a comprender lo que mucho tiempo después me explicó el boticario de Llivia al que estoy enormemente agradecido no por lo que aprendí de él sino por lo mucho que se esforzó en enseñarme. Hombre culto, de hablar fluido y ameno y siempre rodeado de gente dispuesta a oírle. Ya a primera vista podía observarse que no era un campesino pirenaico sino un hombre de mundo que, en mi humilde opinión, había vivido más aventuras en los libros que en la vida real lo cual no le privaba de ese halo de aventurero que todos admiraban.

—El hombre —me dijo en una ocasión— puede ser manipulado para que reaccione de forma diferente a la misma situación en función de cómo sea presentada ésta. Así, si una empresa adelanta unas malas previsiones de beneficios, los inversores se lanzarán a comprar sus acciones si, una vez conocidos los resultados definitivos, son mejores de lo previsto aunque sigan siendo malos. Caso distinto sería si se adelantan unas previsiones de beneficios excepcionales y, una vez conocidos los resultados definitivos éstos, aun siendo buenos, son inferiores a lo que se esperaba. En este caso, muy probablemente, los inversores se lanzarán a vender las acciones de la sociedad en cuestión. Así, las empresas pueden manipular fácilmente a los inversores.

Garcia LorcaY, como no era hombre que gustase de dejar las cosas a medias, una vez más ilustró su afirmación con un ejemplo. Sin embargo, como temo haber olvidado algunos detalles que considero importantes, prefiero relatarles unos hechos que leí, no ha mucho, en un periódico y que estoy seguro de reproducir con bastante fidelidad pues no en balde guardé dicho diario por la curiosidad que me produjo el experimento que en él se refería.

Cuéntase en dicho artículo cómo en cierta ocasión un profesor, que tenía fama de buen rapsoda entre sus colegas, se ofreció ante sus alumnos a dar un recital de poesía tras lo cual los separó en dos grupos sin contacto entre ellos.

De todos es sabido que alegrías, penas y sorpresas, al principio desconciertan; aunque, a la vista de los acontecimientos posteriores, la sorpresa de los colegiales no hizo más que aumentar cuando, a continuación, comunicó a los integrantes del primer grupo que únicamente asistirían al recital aquellos que estuviesen dispuestos a pagar dos dólares.

Confieso que yo, de haber sabido las bromas que habría de soportar en los años que llevo vividos por mor de mi incultura, habría pagado gustoso dicha suma en el caso de haberla tenido y de haber pertenecido al grupo de bachilleres. Pero nunca me preocupé del mañana y siempre tuve la dejadez por patrona.

_MG_6608Considero inconveniente abusar de la benevolencia de mis lectores abrumándoles con las desgracias que mi falta de aplicación al estudio me ha acarreado y proseguiré con el relato.

Lo cierto es que, como era de esperar, muy pocos discípulos se mostraron dispuestos a escuchar el poema.

Por contra, en lo que al segundo grupo se refiere, el docente les comunicó que pagaría dos dólares a todo aquel que asistiese al recital lo que provocó que más de la mitad de los alumnos se mostrasen dispuestos a asistir al mismo.

—¿Hay algo ilógico en la reacción de los estudiantes?

—Nada, me responderían ustedes si estuviésemos cara a cara.

Pero de todos es sabido que el dinero, como la fe, mueve montañas.

Madre, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Que pues doblón o sencillo

Hace todo cuanto quiero,

Poderoso caballero

Es don Dinero.

(Francisco de Quevedo)

Seguro como estoy de que todos ustedes desean conocer el final de este relato, no perderé más tiempo yéndome por las ramas pues aún guardaba el maestro un conejo en la chistera. ¿De qué otra forma calificarían ustedes su nueva propuesta?

—Señores —dijo a los zagales— he decidido que la audición sea gratuita, por tanto, ni pagaré ni cobraré por asistir a la misma.

Como era de esperar, ante esta nueva información los resultados cambiaron.

En el grupo que antes debía pagar y donde muy pocos alumnos estaban dispuestos a escuchar el poema, ahora más de un tercio manifiesta que asistirá. No en vano, la situación final, para ellos, era bastante mejor que la inicial. No ocurrió lo mismo en el grupo al que antes se había comunicado que cobrarían por asistir a la recitación ya que, ante la nueva El pensador 2información que hacía que la coyuntura fuese peor que la anterior, muy pocos alumnos se mostraron dispuestos a escuchar los poemas.

¿A qué grupo pertenecería usted, querido lector?

No hay nada más bello que las rimas de Bécquer cuando se es adolescente, según he sabido después.

Y es que, como dijo el boticario de Llivia, todo depende de las expectativas creadas con anterioridad.

COROLARIO

Dude de todas las noticias y rumores procedentes de las empresas y quédese con la única verdad irrefutable de la que hablaba Descartes: «Pienso, luego existo».

Salvador Luque

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4 comentarios en “EL EFECTO TOM SAWYER (I): CUANDO LAS EMPRESAS MANIPULAN A LOS INVERSORES O DEMOSTRACIÓN FEHACIENTE DE QUE DOZUNI ERA UN GRAN PSICÓLOGO

    1. Muchas gracias una vez más, J Jo, por visitar mi blog y por tus comentarios.
      En honor a la verdad, y para que se haga justicia, he de decir que el relato del profesor rapsoda está inspirado en un artículo de Dan Ariely, George Loewenstein y Drazen Prelec titulado «Tom Sawyer and the Construction of Value».
      Un saludo.

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