PRIMERA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE DOW O DEMOSTRACIÓN PRÁCTICA DE LAS ENSEÑANZAS DEL BOTICARIO DE LLIVIA

El boticario nos invitó a pasar a la rebotica donde había algunos hombres. Era una habitación no muy grande pero en la que podían sentarse cinco o seis personas en torno a la chimenea que caldeaba toda la casa ya que, según supe después, tanto el boticario como el mancebo habitaban la planta superior. El ambiente estaba cargado de un fuerte olor provocado por las pócimas que allí se preparaban. Me acerqué a un bargueño repleto de libros y papeles con una escritura ilegible e instintivamente tomé uno de aquellos tomos. Se trataba del Examen de boticarios, escrito por fray Esteban de Villa, monje de san Benito y publicado en Burgos por Pedro de Huidobro en 1632 según rezaba en la tapa. Lo abrí al azar y pude leer:

«Despues de aver tratado de la eleccion, y preparación general de los medicamentos, me parecio poner en esta segunda parte las particulares de algunas droguas, esto es medicinas de gran precio que se traen de lexos (asi explica Plateario esta palabra drogua) que suelen venir adulteradas, y fácilmente engañan. Muchos han tratado desta materia; pero por ventura no se abra dicho todo, aquí pondre las de mayor importancia, no inventadas como han hecho otros de su senescario, sino sacadas de los autores que las traen, porque huyo de prohijarme trabajos agenos.»

Pero, ante las dificultades que experimentaba para comprender el texto, opté por depositar el libro sobre el bargueño, mucho más cuanto pude observar que el licenciado me miraba con desaprobación.

Pero, interesado como estaba en aprender algo de provecho que me ayudase a ganarme el sustento, y habiendo tomado asiento junto al resto de tertulianos, me aventuré a lanzar una pregunta seguro como estaba de que nuestro anfitrión satisfaría mi curiosidad.

—¿Qué conocimientos considera usted esenciales para ganar en el juego de la bolsa?

Antes de responder, el boticario se levantó y, apontocándose en la repisa mientras jugaba con el cañuto, respondió:

—Probablemente se sorprenda de mi respuesta, pero contra lo que pudiera usted creer y, tal vez, algunos de los aquí presentes, no es la economía lo más importante sino la psicología. En efecto, —prosiguió— es fundamental conocer la reacción de las gentes ante los distintos acontecimientos y, a ser posible, anticiparse a la misma.

—Harto complicado es ello, le dije.

—Se asombraría usted si le dijese que la masa humana siempre reacciona igual ante el mismo tipo de acontecimientos y que incluso actuamos de una determinada manera dejándonos llevar por el grupo casi instintivamente, sin preguntarnos el por qué de nuestra conducta. Y es el conocimiento de estas reacciones el que ha dado nacimiento a lo que más que ciencia, yo llamaría arte del chartismo. Y como me da la impresión de que no tiene grandes conocimientos al respecto, aunque sí deseo de adquirirlos, le diré que esta ciencia no hace sino aplicar a la bolsa de valores los movimientos de las aguas marinas.

En el momento en que el boticario atraía la atención de los presentes con sus explicaciones, mi mente se ausentó recordando una historia de lo más extraña y que yo mismo hubiese tomado por falsa de no haberla protagonizado.

Ansioso, como siempre he estado, por conocer mundo, me vi en la ciudad de Olívica donde, deambulando por sus calles, fui a dar al barrio que llaman A Ferrería, lugar no muy recomendable para un joven como era yo. Descamisados, vulgares, pendencieros. Mi instinto de conservación me hizo intentar comportarme como los personajes que pululaban por aquellas callejas. Allá a lo lejos, el puerto donde destacaban dos hermosos navíos que más tarde pude comprobar que no eran otros que el Azul Marina y el Gran Duque IV. Por formar parte de la tripulación de cualquiera de los dos hubiese dado las pocas monedas que tenía a no ser porque el hambre me acuciaba.

Pero las cosas ocurrieron de la forma más insospechada, pues es muy acertado el refrán que dice que el hombre propone y Dios dispone.

Estaba yo sentado sobre un guardacantón cuando se me acercó un hombre corpulento que llevaba un buen rato apoyado, a manera de puntal, sobre la pared de una casucha en ruinas y al que parecían haberle trasplantado el pelo del cuero cabelludo a la barba que, botella de vino en mano, dijo llamarse CC Rebollo, aunque tengo razones suficientes para pensar que mentía.

El tal CC Rebollo me ofreció un trago sin tan siquiera saludar.

—¿A qué se dedica usted, amigo?, me preguntó después.

Extrañado ante su pregunta, respondí que no tenía oficio ni beneficio pero que estaba meditando seriamente embarcarme como grumete si se presentase la ocasión

—Pues si se tiene usted por hombre le invito acompañarme en mi velero y así podrá usted ganarse el pan de hoy y aprender un oficio para mañana.

Ante tal propuesta pensé que, sin nada que perder y pudiendo aplazar cualquier otro proyecto en el caso de que lo hubiese tenido, podría ser una buena excusa para reconciliarme con mi padre que siempre vio con malos ojos mi falta de interés por el trabajo.

Seguro como estaba de que el oficio de grumete podría serme útil en un futuro y no teniendo ninguna pertenencia, decidí acompañarlo por lo que nos dirigimos al puerto donde varios veleros se balanceaban como queriendo llamar la atención de los paseantes.

Aunque nunca tuve dotes de nigromante, traté de adivinar cuál de ellos sería mi destino, pronto descubrí que sería el Gran Duque IV. Me gustó, en él me sentiría seguro yo que nunca fui amante del mar.

Al zarpar comprobé que éramos alrededor de una decena los tripulantes. El mar era un espejo, lo cual interpreté como un buen augurio para alguien como yo que jamás había navegado, sin embargo, al salir a mar abierto, las olas provocaban tal balanceo que comencé a sentirme mal habiendo de soportar las risas de mis compañeros que, al rato, optaron por ignorarme ante la evidencia de que no podían contar conmigo. Así transcurrió el primer día.

El segundo día comprendí claramente que había decepcionado al capitán CC Rebollo que decidió acercarse a la costa con la finalidad de dejarme si la fortuna nos hiciese encontrarnos alguna barcaza que pudiese llevarme a ella. El destino quiso que encontrásemos una chalupa cuyos ocupantes accedieron a la petición del capitán a cambio de un par de botellas de ron. En ese momento me sentí el hombre más afortunado del mundo pues tengo para mí que en caso contrario el capitán no hubiese dudado en arrojarme por la borda ante la tesitura de tener que alimentar una boca inútil en el Gran Duque IV.

Y así fue como fui a caer a la isla de Monteagudo con la esperanza de que los chaluperos cumpliesen la promesa de recogerme a la vuelta.

Subí a una colina con la ilusión de descubrir a alguien pero no tardé en comprender que estaba sólo en la isla y que tampoco parecía haber nadie en las otras dos islas que componían el archipiélago.

Preocupado y hambriento, decidí echar una siesta, pero cuál no sería mi sorpresa cuando, al despertar, comprobé que había únicamente dos islas y no las tres que había visto a mi llegada.

Mi desconcierto alcanzó una cota elevada. ¿Cómo era posible que desapareciera una isla? Pero, entre carcajadas, los marineros que, fieles a su palabra, habían vuelto a rescatarme, me explicaron el mecanismo de las mareas y cómo la marea baja dejaba al descubierto una lengua de arena que unía dos islas dando la impresión de ser sólo una.

Y en esas estaban mis pensamientos cuando el boticario me llamó la atención por mi falta de compostura ante su interés por instruirme.

—Como todos saben, continuó, las aguas del mar experimentan múltiples movimientos. Uno de los menos conocidos son las mareas que, con la ayuda de nuestro satélite, se repiten en ciclos de doce horas aproximadamente. Su equivalente en la bolsa de valores serían las tendencias de larga duración que suelen durar varios meses o incluso años. Pero, dentro de las mareas se producen olas que van o vienen tanto cuando la marea sube como cuando baja. De igual manera, dentro de las tendencias de larga duración, en la bolsa se dan esta especie de olas que pueden durar desde varias semanas hasta varios meses y que se han dado en llamar tendencias secundarias. Y, por último, están los rizos que se producen en las olas marinas y que serían el equivalente a los movimientos de muy corta duración en la bolsa de valores.

Tras esta perorata, y para congraciarme con el apoticario, le interpelé:

—Si eso es como usted dice, no creo que resulte difícil ganar dinero en bolsa.

—Bueno, inténtelo querido amigo, pero no olvide que el que se juega su dinero en bolsa por primera vez, y gana, se traga un anzuelo de oro.

Salvador Luque

Conejo

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6 comentarios en “PRIMERA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE DOW O DEMOSTRACIÓN PRÁCTICA DE LAS ENSEÑANZAS DEL BOTICARIO DE LLIVIA

    1. Gracias, Salva, por tu comentario.
      La teoría de Dow surgió a fines del siglo XIX como fruto de los trabajos de Charles Henry Dow.
      Para no extenderme demasiado, te diré que uno de los puntos fundamentales de la misma es la premisa de que el mercado, la bolsa de valores, se mueve en tendencias; períodos de tiempo en que sube o baja a lo largo de uno o más años aunque, naturalmente, dentro de esta tendencia de largo plazo o primaria hay períodos más cortos en los que el mercado se mueve en contra de dicha tendencia primaria formando lo que se conoce como dientes de sierra.
      En una tendencia alcista se pueden distinguir tres fases: acumulación, es el momento en que los mejor informados comienzan a comprar; consolidación, es el momento en que empiezan a comprar los inversores de a pie, y distribución, cuando llega la euforia, la bolsa se convierte en noticia en todos los informativos, mucha gente reacia a la inversión se decide a comprar, simultáneamente, los inversores mejor informados, los que primero compraron, comienzan a vender y, acto seguido, comienza una fase bajista dejando pillados a los incautos. Estas tres fases, pero a la inversa, las podemos encontrar también en una tendencia bajista.
      Es esto lo que intenté reflejar en una entrada anterior, LA FÁBULA DE LOS MONOS O CUANDO LOS INCAUTOS PRETENDEN GANAR DINERO EN BOLSA.
      La teoría de Dow es fundamental para comprender el análisis técnico, único que está al alcance de todo aquel que no tiene una formación económica.

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    1. Hola Rebeca:
      Gracias por tu comentario.
      En realidad, el episodio del barco está basado, aunque con algunas modificaciones, en algo que me ocurrió en el verano de 1975.
      ¡Ya ha llovido desde entonces!
      Un saludo.

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  1. Si, si. Muy interesantes tus relatos. Gracias. Ante la perplejidad que me genera la observacion del mundo, arte y finanzas son protagonistas de la experiencia… y de la tuya, parece. Me gustaria subscribirme a este blog pero no veo como hacerlo (misterra2@mac.com) Saludos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias, Misterra. Tus palabras me llenan de alegría.
      Si deseas suscribirte a mi blog debes pinchar en una pestañita que aparece en la parte inferior derecha de la pantalla y escribir tu dirección de correo electrónico, en él recibirás cada nueva publicación que añada al blog.
      Espero no defraudarte.
      Un saludo.

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