EL RALLY DE FIN DE AÑO O POR QUÉ EL PRINCIPITO ES UN GRAN LIBRO DE ECONOMÍA

—¿Qué es un rito? —preguntó el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente a los otros días y que una hora sea distinta a las demás. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito, los jueves bailan con las chicas del pueblo. Por ello, los jueves son días maravillosos y voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores no bailaran un día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
El principito (Antoine de Saint-Exupéry)

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Aunque mi estancia en la ciudad condal estaba siendo bastante placentera y muy por encima de lo que yo había esperado ya que encontré alojamiento en casa de un tal Bernardino al que había conocido años atrás en Granada, y teniendo asegurado el sustento durante unos días más gracias a que sobrevivíamos vendiendo unas botellas de vidrio especialmente diseñadas para el almacenamiento de helado que su tío había dejado en casa, decidí viajar a Llivia, pueblecito pirenaico que los caprichos de la historia quisieron que siguiese siendo español estando enclavado en Francia. Así, me dirigí a la estación de ferrocarril y a punto estuve de renunciar a mis proyectos cuando, al pedir el billete, el hombrecillo que me atendió me dijo que la estación de ferrocarril más próxima a Llivia era la de Puigcerdá.
—¿No hay estación en Llivia? —Pregunté.
—Sí, el invierno —repuso
Y yo, que nunca fui rápido de reflejos, reaccioné como un resorte.
—Pues conozco un lugar donde hay dos: el invierno y la del tren.
Evidentemente, me refería a Letzburgo, lugar que no sabía muy bien dónde estaba, tal vez una quimera, pero del que había oído hablar alguna vez.
A pesar del contratiempo, decidí seguir adelante y fue así como me encontré en Puigcerdá.
Una enorme nevada caída la noche anterior había vestido todo el paisaje de blanco y pronto supe que caminos y carreteras estaban impracticables.
No es difícil imaginar mi angustia al barruntar lo que me esperaba, atrapado, sin recursos y no conociendo industria que me ayudase a salir de aquel trance.
Ciertamente, Dios aprieta, pero no ahoga. Mi testarudez me impedía renunciar a mi deseo hasta encontrar un lugareño que se ofreció a llevarme a lomos de un burro cual Sancho buscando su Barataria.
No habíamos recorrido aún media legua cuando comprendí lo disparatado de mi decisión. No sólo eran los riscos que se levantaban ante nosotros y que yo no estaba seguro de poder superar, sino las historias de lobos que el arriero me contaba y que me impelían a volver.
Joan era alto y fuerte, charlatán y campechano. Su ilusión era crear una fábrica de botones. Me explicó que los había funcionales y decorativos, que los había de distintos tamaños, colores y formas. Los había hechos a máquina o a mano y algunos eran auténticas joyas. Los había que podían utilizarse en un amplio espectro de prendas y otros eran más específicos como los utilizados en los uniformes militares. Los hay de hueso o de marfil, de plástico, madera, metal o vidrio. Los hay forrados, los hay de uno, dos o más agujeros. En definitiva, me dijo, es fundamental elegir bien el tipo de botón o arruinaremos la prenda a la que está destinado.
Nunca me había parado a pensar que podría escribirse un tratado sobre botones.
Y así, llegamos a Llivia donde la gente recibió al cosario con los brazos abiertos como, al parecer, hacían cada martes. La visita de Joan se había convertido en un rito que hacía que cada martes fuese diferente a los demás días.
Repartida su carga entre los aldeanos, fuimos a visitar al boticario y allí quedé impresionado por la cantidad de albarelos que pude ver, era frecuente ver estos botes en las boticas pero nunca en la cantidad en que se podían admirar aquí.
Según dijo, tenía previsto volver con Joan hasta Puigcerdá para viajar posteriormente a Barcelona. Su idea era invertir algunos dineros en la bolsa ya que cada año, en diciembre, se repetía una y otra vez un hecho que había devenido en rutina.
—El caso es —dijo el boticario—, que la vida no tendría sentido sin los ritos y éstos no son más que una forma de predecir el futuro. Así —añadió—, sé que puedo obtener un pequeño beneficio jugando a la bolsa en diciembre ya que, año tras año, las cotizaciones suben durante lo que algunos llaman el rally de fin de año, el rally de Navidad. Porque, amigo mío, le aconsejo que no abra usted una botica si no quiere conocer penurias.
—¿Y qué tipo de valores piensa usted comprar?
—Da igual, amigo mío, no olvide que la marea alta eleva todos los barcos.

Salvador Luque

 

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2 comentarios en “EL RALLY DE FIN DE AÑO O POR QUÉ EL PRINCIPITO ES UN GRAN LIBRO DE ECONOMÍA

  1. Muchas gracias, Cristóbal.
    Publiqué este artículo el primero de diciembre cuando el Ibex35 inició una caída de diez sesiones consecutivas bajando lo que supuso su peor racha histórica. Por esos días, los más agoreros daban por perdido el rally de Navidad porque el Ibex35 había dibujado un HCH. Sin embargo, observando los gráficos de los últimos diez años, llegué a la conclusión de que el mencionado rally de fin de año o rally de Navidad se produjo en ocho de los diez años observados y que frecuentemente se daba en la segunda quincena de diciembre. Por tanto, ha llegado el momento de la verdad.

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