DEMOSTRACIÓN DE QUE MI PADRE FUE MI PRIMER MAESTRO O DE CÓMO EL DESTINO QUISO QUE LA HISTORIA SE REPITIESE JUGÁNDOME UNA MALA PASADA

Estocástico es una palabra esdrújula pero mi padre no lo sabía como tampoco conocía los conceptos de retrocesos de Fibonacci, marubozu o heiken ashi de los que, probablemente, nunca oyó hablar. Sin embargo, fue mi primer maestro y eso tampoco llegó a saberlo.
También desconocía que el trigo es una gramínea monocotiledónea, pero ello no fue óbice para que intentara una operación especulativa sobre el mismo.
Sea como fuere, lo cierto es que un día, hallándome sentado al calor del hogar y viéndome pensativo, se decidió a contarme un episodio de su vida del que nunca más le oír hablar.
– Allá en el año cincuenta y uno, me dijo, el trigo se pagaba a 2,50 pesetas el kilo y, año tras año, su precio no dejaba de aumentar hasta el punto de que en 1954 se pagó a más de cuatro pesetas. Teniendo yo tres bocas que alimentar y estando en camino una cuarta, me decidí a sacar provecho de tan favorable evolución de los precios y, careciendo como carecía, de tierras de cultivo, me decidí a invertir mis escasos ahorros en trigo. Abrigaba la esperanza de venderlo en la campaña siguiente con pingües beneficios, pero el destino quiso que en el cincuenta y cinco el trigo se pagase a 3,96 pesetas, lo que ocasionó un claro deterioro en la economía familiar.
Esta confesión de mi padre caló hondo en mi espíritu hasta el punto de que no lograba quitármela de la cabeza pensando la forma de vengarme de la mala pasada que el destino le había jugado.
Fue muchos años después cuando el azar trajo a mis manos una hoja de periódico mugrienta y yo, siempre deseoso de aprender, comencé a leerla casi instintivamente. En un rincón de la misma había una crónica de bolsa de la que lo único que comprendí fue que el precio de las acciones solía subir a finales de año.
Teniendo yo por aquel entonces una economía familiar muy deteriorada y tres bocas de alimentar, como las tenía mi padre muchos años antes, decidí aprovechar la coyuntura en la compra de acciones de la sociedad Etrausa que, según decía el periódico, era una inversión segura.
Una vez realizada mi inversión no dejaba de felicitarme a mi mismo por mi determinación y coraje al adentrarme en el mundo de los negocios.
Despreocupado, dejé reposar mis valores unos meses y allá por los primeros días de enero busqué las cotizaciones bursátiles para ver cuánto había crecido mi inversión, sin embargo, ante mi sorpresa, no encontré la cotización de Etrausa. Un poco alarmado acudí al banco con la intención de vender y con la esperanza, aun, de obtener un beneficio pero, ante mi estupor, el empleado que me atendió me dijo:
– ¡Ah!, ¿pero no sabe que esa sociedad ha quebrado?

Salvador Luque

Imagen 35

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