LA FÁBULA DE LOS MONOS O CUANDO LOS INCAUTOS PRETENDEN GANAR DINERO EN BOLSA

El otro día tuve la suerte de viajar en tren desde Vetusta hasta Iruña. Como yo era el único viajero del vagón y sin nadie que pudiera molestarme, pude recrearme admirando a ratos aquellos abruptos paisajes que esconden valles paradisíacos, a ratos aquel mar embravecido de galernas frecuentes. Qué diferente era este viaje de aquellos que hacía con mi madre cuando, siendo aún niño, me llevaba a Bellix a visitar al médico, pues siempre fui de salud delicada. En un momento determinado entró en el vagón un hombre con un periódico color salmón y antes de que me diese tiempo a contestar a su saludo, exclamó:
– Hoy el Cantábrico está revuelto como la bolsa.
Observando mi estupor, añadió:
– Sí, amigo, los profesionales llevan tiempo comprando monos y es el momento de soltarlos.
Como enmudecí y únicamente pude esbozar una sonrisa como sólo los ignorantes sabemos hacerlo, añadió condescendiente:
– Le voy a contar una historia:
Érase una vez un pueblecito situado en un rincón perdido de la selva en el que todos los habitantes vivían felices, pues la concordia reinaba en la aldea.
Se cuenta que un día llegó al pueblo un señor muy elegante a lomos de un enorme elefante lujosamente pertrechado y acompañado de un ayudante embutido en un precioso uniforme. Ambos se instalaron en la única posada que había en el pueblo.
Al día siguiente el señor colocó un enorme cartel en el balcón de su habitación en el que podía leerse: “SE COMPRAN MONOS A 10 € LA UNIDAD”.
Era el caso que el bosque que rodeaba al pueblo estaba lleno de monos hasta el punto de que incluso resultaban molestos a los humanos, así, sin pensárselo dos veces, todos los campesinos salieron corriendo a cazar monos.
Y, efectivamente, el hombre cumplió su palabra y compró todos los monos que le habían traído.
Tal fue el afán cazador de los aldeanos que no debió pasar mucho tiempo antes de que los monos empezaran a escasear y, ante la dificultad de cazarlos, muchos campesinos decidieron dejar de cazar. Pero entonces el hombre, empeñado como estaba en hacer acopio de monos, subió su precio a 20 €, lo que nuevamente despertó el interés cazador de los campesinos. Pero poco después los monos se hicieron tan raros y tan difíciles de cazar que el hombre se vio obligado a subir el precio a 25 € por mono para mantener el interés de los campesinos en su caza. De esta forma, a medida que los monos eran más y más escasos, el hombre continuó subiendo el precio una y otra vez hasta llegar a ofrecer 50 € por mono.
Ocurrió que un día el hombre anunció a todos los vecinos que debía ausentarse porque negocios urgentes le reclamaban en la ciudad pero que, durante su ausencia, dejaría a su ayudante al cargo del negocio de la compra de monos.
Pero ocurrió algo inesperado, una vez que el hombre había partido hacia la ciudad, su ayudante reunió a los campesinos y les dijo: “Mirad qué cantidad de monos guarda mi jefe en sus jaulas. Estoy dispuesto a vendérselos a ustedes por 35 € y cuando él regrese se los pueden vender por 50 €”
– Supongo que ya habrá adivinado usted el final, me dijo mi interlocutor que, una vez más, no esperó mi respuesta. Y es que el hombre es así –añadió-, impulsivo, irreflexivo e insaciable, añadió.
Yo no sabía qué decir ante el temor de parecer estúpido.
– Pues sí, amigo, ante oferta tan tentadora los campesinos acudieron con todos sus ahorros a comprar monos y esperaron el regreso del señor.
Pero algo debió ocurrir porque no se han vuelto a ver por el pueblo ni al señor ni a su ayudante. Mientras, todas las casas del pueblo están llenas de monos y los calcetines donde los campesinos guardaban sus ahorros, vacíos.
– ¡Ah, Ugaleta, ha sido un placer!, me dijo, y desapareció entre un gentío que esperaba el tren para subir.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Salvador Luque

monitos

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